domingo, 17 de julio de 2011

QUÉBEC (léase Kebék)

[En azul, los comentarios útiles para el viajero; en negro todos los demás]


Aaaah, la "vie de château", lo que nos gusta a todos, y qué pocas veces tenemos la oportunidad de vivirla de verdad. La primera vez que leí esa expresión fue en "Habla, memoria", la autobiografía de Vladimir Nabokov, tan circular como su vida, pues multimillonario nació en la Rusia previa a la revolución y multimillonario murió en la vieja Europa, en su villa de Montréux, junto al lago Léman, en Suiza.

Eso sí: antes de eso se arruinó por completo dos veces, aprendió a escribir en una lengua que le resultaba totalmente ajena, como el inglés (¡y qué dominio, oigan!), puesto que su educación había sido bilingüe en francés y ruso, recorrió varias universidades norteamericanas enseñando Literatura, fue desterrado de facto por la puritana sociedad nortemericana cuando se le ocurrió publicar esa joya llamada "Lolita", etc. Pero sí: Nabokov cuenta, y es verdad, que de niño y de viejo vivió una "vie de château".

Yo he vivido dos días más o menos de château, aquí en Québec, en el Fairmont Château Frontenac, uno de los hoteles más bellos y fotografiados del mundo, y podría ser que el más histórico. De nuevo un ofertón, pese a no ser barato ni con oferta, pero tengamos en cuenta que es un hotel de jeques y de millonetis mejicanos, creo que con eso está dicho todo. La leche en bote de suite, oigan. Con vistas al Río San Lorenzo (Saint Laurent, lo llaman aquí).

El río San Lorenzo es el tercero mayor de América del Norte, tras el Mississippi y el Colorado. Aquí, a su paso por la ciudad, es muy pequeñito y estrechito (bueno...), no en vano "Québec" significa en iroqués "donde el río se estrecha". Pero es que luego, más adelante hacia el mar y en su delta, es un mar auténtico. A pesar de ser estrecho en esta parte, debe de ser profundo, pues hay fondeados unos trasatlánticos y cargueros bestiales, que necesitan mucho fondo. Enfrente, en la otra orilla, a diez minutos de ferry, está Lévis, la orilla "pobre" de Québec, y un poco más adelante la Île d'Orléans.

Esta es la ciudad donde se fundó el Canadá, en 1608, por el explorador francés y héroe nacional canadiense Jacques Cartier, que encontró una ferocísima oposición por parte de las dos tribus de indios que vivían por estos lares: los iroqueses (sociedad matriarcal tremendamente salvaje) y los kanatas, algo más pacíficos, y que dieron el nombre al país. Cartier no vivió lo suficiente para ver su ciudad caer en manos de los ingleses y volver luego a manos francesas, para convertirse en la que sería llamada Nueva Francia.

Québec es estado (aunque ellos lo llaman provincia, a mí me cuesta llamar provincia a "algo" que tiene una extensión de tres veces Francia), y también es esta ciudad, la capital de la provincia o estado, llamada en inglés Québec city y en francés, idioma absolutamente único aquí, La Ville de Québec. No se habla nada más que francés, y bendito dios qué francés... Ni Juan ni yo tenemos ningún problema para hacernos entender en Francia, pero esto es imposible del todo. Ya me lo había advertido mi compañera profesora de francés: "te diré que, cuando ponen en la tele francesa pelis o series québecois, las tienen que subtitular, así que calcula". Bueno, con decir que hasta traducen al francés las señales de Stop -cosa que no hacen ni en Irán- y aquí pone "Arrêt". Es cierto que en Méjico también las traducen y pone "Alto" o "Pare", pero no es lo común, la verdad.

La bandera de Québec, blanca con dos grandes bandas azules que forman una cruz y la dividen en cuatro cuarterones rellenos por otras tantas flores de lis borbónicas, también azules, ondea absolutamente sola, en el Ayuntamiento y en todas partes, sin acompañar casi nunca por la bandera de Canadá, la famosa y original de la hojita de arce color rojo. Québec no se siente canadiense; un grandísimo porcentaje de su población (el 43% en el último referéndum de los dos que se han llevado a cabo) quiere la independencia del país. Y, de momento, dan por saco con las estrategias propias de estos casos: su bandera, su idioma (francés, sólo porque el resto del país habla inglés), y su religión (profundamente católicos, sólo porque los vecinos de Ontario y Labrador son protestantes). El hecho diferencial, ya saben.

Bueno, a lo que vamos: aquí vive el recientemente galardonado premio Príncipe de Asturias, el cantautor y artista Leónard Cohen. En el estado, no en la ciudad de Québec, sino en Montréal, vive también la cantante nacional canadiense, que no es Alanis Morisette, roquerillos míos, sino Céline Dion. Y en Québec se inventó un juego al que todos hemos jugado alguna vez: el Trivial Pursuit. En Québec nació esa delicia (puag) gastronómica que se llama poutine, y que es una torre de patatas fritas en grasa animal coronada con queso fundido y salsa de carne, todo muy light. Y de aquí es el dulce nacional, el famoso y empalagoso jarabe de arce, que lo encuentras por doquier: en forma líquida, sólida y gaseosa; en forma de piruletas con la hojita de arce o bañando repugnantes palomitas de maíz; en pasteles, recetas saladas, caramelos, helados...

No confundir el arbolito arce (muy parecido en la forma de sus hojas al plátano de sombra de toda la vida), con el animalito típico de la tundra, el alce, que es un ciervo de cornamenta ancha y cara simpatiquísima, con fama de tonto; no en vano en inglés canadiense dicen "to do the moose" (hacer el alce), con el sentido que nosotros damos a la expresión "hacer el ganso" o "hacer el memo".

Llegamos aquí en tren desde Montréal, tras tres horas y diez minutos de incómodo viaje por el horrendo aire acondicionado que hay en todas partes, sobre todo cuando ellos consideran que hay ola de calor. Lleva siempre una chaqueta o jersey en los trenes y estaciones, o te amargarán la existencia. Es simplemente acojonante constatar que esta gente es capaz de enfriar una enorme estación de ferrocarril de techos altísimos hasta que el termómetro marque SU temperatura de confort, esto es 14ºC, mientras luego te dicen que no te lavan las toallas si no las pones en el suelo del baño de tu habitación, para preservar el planeta y sus recursos naturales. Madreparió.

La estación de Montréal es todo lo contrario que la de Toronto -claro- y se parece mucho más a una estación de tren europea, donde hay de todo: cientos de tiendas, restaurantes, etc. Creo que es lo más apasionante que tiene Montréal, jaja. La de Québec city es pequeña y monina, y cuando viene un tren tienes que hacer una larga cola para coger un taxi, porque la media docena de taxistas que hay en la ciudad no da abasto a recoger a todos, y hacen varios viajes.

El Château Frontenac impresiona desde fuera y por dentro: su recepción es un hervidero de gente, no en vano deben de tener llenas sus 864 habitaciones: los tres conserjes y cuatro recepcionistas no dan abasto a atender huéspedes. Un perrazo negro, huésped permanente del hotel, se pasea por la recepción y hunde el hocico en las espesas alfombras: se quedó a vivir aquí, cedido por una asociación de perros-guías para ciegos, y todo el que quiere lo saca a pasear, lo acaricia o juega con él. Está muy bien educadito, tiene su propia chapa de empleado del hotel, tarjetas de visita y dirección de email. Qué cosas. 


Nos dan una suite por un error suyo, porque teníamos reservada sólo una habitación superior. Estupenda, sí señor, pero con algunos fallitos, como el baño un poco antiguo, no hay caja de seguridad y no te ponen albornoces si no los pides (por supuesto, los pido). Como da al paseo que bordea el río, un paseo precioso de piso de madera y quioscos de música novecentistas, las ventanas tienen mosquiteras.

Este hotel es famoso por muchas cosas, por sus distinguidos huéspedes (yo, sin ir más lejos), pero en eso no se diferenciaría mucho de otros hoteles de categoría. Lo que lo hace definitivamente distinto es la historia que encierra, concretamente el mes de agosto de 1943. ¿Qué pasó aquí entonces? Pues nada menos que aquí se mantuvo una conferencia internacional de alto nivel entre Churchill, McKenzie y Roosevelt y aquí se planificó cuidadosamente el desembarco de Normandía, principio del fin de la Segunda Guerra Mundial, como sin duda sabes.


Es curioso, pero ahora me parece que es como si se cerrase un círculo: hace exactamente 20 años, en el verano de 1991, anduve por el norte de Francia (Normandía, Calvados...) y visité entonces toda la zona del desembarco: el Museo del Desembarco que hay en Arromanches, las playas aquellas de Sword, Juno y Omaha, todavía con restos de metralla pesada enterrados en la arena (son intocables: nadie más se ha vuelto a bañar allí ni puede tocar nada), los puentes de madera que construyeron los soldados para desembarcar los carros de combate, y que están medio hundidos en el agua, y los cementerios alemán y americano, impresionantes ambos, aunque mucho más famoso y retratado el segundo, lleno de cruces de mármol blanco -y alguna estrella de David-, tan juntas que la cosa sólo cobra sentido cuando un guía te explica que los soldados están enterrados de pie. Aquello fue el resultado del día D, y ahora, veinte años después, asisto a miles de kilómetros de allí al lugar donde se gestó aquello.


El caso es que en agosto de 1943 -cuando todos los inquilinos de las cruces blancas aún estaban vivos, y eran jóvenes y pensaban en sus chicas- el hotel fue requisado por el gobierno canadiense, su director fue conminado a echar, literalmente, a los 800 huéspedes que tenía -algunos eran inquilinos fijos y tenían allí sus propios muebles- y a cancelar y no admitir reservas hasta nuevo aviso. Todo tenía que ser hecho de forma absolutamente confidencial y dando las excusas más peregrinas. Poco después, casi 700 personas de séquito de los tres dignatarios mencionados antes invadieron el hotel, repartiéndose los pisos según las nacionalidades: los pares desde el 16 hacia abajo, para los norteamericanos; los impares desde el 15 para abajo, para los ingleses; la planta 4ª para las reuniones, y a los canadienses no sé ande coño los metieron, se irían a casa de la suegra, supongo.


Los servicios de seguridad curraban las 24 horas del día, y las cocinas servían unas 2.000 comidas diarias. La ciudadela amurallada de Québec (olvidé decir antes que esta es la única ciudad amurallada que hay al norte de Méjico) fue adornada con unas baterías antiaéreas monísimas y todo ello en la más absoluta confidencialidad. Y yo voy y me lo creo. El caso es que un buen día de los 15 que duró la conferencia, nuestros tres amigüitos pintarrajearon en unas servilletas de papel del bar el plan del Desembarco del día D, decidiendo todo: día, hora, tropas y medios necesarios y espía que confundiría a los alemanes haciéndolos creer -ya que era imposible que no se enteraran- que el desembarco sería un poco más arriba, en la costa de Dunkerke, casi en Bélgica (casi todos sabréis que dicho espía, absolutamente crucial en el éxito de la misión, fue un español). PERO o bien habían bebido demasiado, o bien son ELLOS y no nosotras quienes pierden las cosas, el caso es que los muy... se dejaron olvidadas en el bar las servilletas con el plan del desembarco dibujado en ellas. En serio. De hecho, un camarero salió corriendo tras ellos diciéndoles: "se dejan ustedes esto, a ver si les va a hacer falta...". Pa mear y no echar gota, la historia.


Y esa es la historia del Frontenac. En cuanto a la ciudad, decir que es una preciosidad absoluta para bolsillos privilegiados. Mira mucho, mucho, mucho dónde pones tu culo para comer, cenar o desayunar. Yo te recomiendo un sitio dignísimo, con variada carta y muy buen servicio, que tiene un precio asequible; se llama Buade, y está en la calle del mismo nombre, cerca del château. Recuerda que todos los precios, que ya de por sí son un disparate, deben ser incrementados en aproximadamente un 13% + otro 3%, más un 15% de propina obligatoria. Un ejemplo: cena de un plato de macarrones con chorizo (lo del chorizo lo juro por mis niños), una pizza, dos mousses de chocolate, una cocacola y una cerveza, 78 CA$ (unos 65€). Y no era, ni de lejos, el sitio más caro, sino de los medios.


La ciudad tiene una animación tremenda, de día y de noche, hierve de turistas y de jóvenes con ganas de juerga que trasnochan a la española, hasta las tantas de la madrugada. Es una belleza de sitio, de verdad que sí.

1 comentario:

  1. Pues yo estuve a principios de este mes en el Reconquista de Oviedo con mi chico, y nos pusieron DOS albornoces, DOS, y hasta unas toallas muy finas que deberían ser para que no se usasen las cortinas. ¿Y qué decir de esas zapatillas con la R bordada? Mmmmmm.

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