martes, 19 de julio de 2011

HISTORIAS DE FILADELFIA

[En azul, lo que pueda tener interés para el viajero; en negro, lo demás]


¿Qué hace una chica como yo en un sitio como este? Esa es una pregunta que nunca se hizo Katharine Hepburn mientras rompía con desparpajo, de un rodillazo, los palos de golf de su exmarido, en la película que da nombre a esta entrada. Pero yo sí me la hago: ¿Qué hace una chica como yo en un sitio como este? Lejos por igual del destino que quería y que planifiqué, y de casa. Sin blanca y con una considerable ola de calor. ¿?

Bueno, el caso es que estoy en la tierra del queso amariconao, de la peli de Tom Hanks, de la canción de Springsteen y last, but not least, de la cuna de la independencia de este país.

Como gafado que está el viaje (coño, si lo sé me ahorro el blog y no se lo cuento a nadie, pero es que a mí me hubiera gustado tanto que alguien me dijera todo esto...), de los dos días y medio que teníamos aquí, dedicamos el primer medio día, sábado por la tarde, a pasear por los alrededores del río Delaware, con otras familias de negros, pues negros estamos y negra es el 75% de la población. Quedaba un domingo y un lunes completos, y cosas suficientes para llenar dos días: bien. Pero ya verás cómo no.

Ayer domingo planificamos el día, y decidimos dejar para hoy lunes los museos, incluyendo uno la mar de curioso y muy cercano al hotel, el Museo de la Masonería, pues la Gran Logia de Pennsylvania tuvo mucha influencia en la declaración de independencia, no en vano Franklin, Jefferson y Washington eran todos masones de alto grado. Ya sé que en muchas ciudades cierran los lunes los museos, pero venía de un país, Canadá, donde eso es así y siempre aparece la coletilla "salvo de junio a septiembre, abiertos a diario", y francamente, creía que aquí sería igual. Pues no.

La verdad es que es un poco paleta esta ciudad, te diré en qué: cierran todas las tiendas a las 19 h., cosa inimaginable en NYC o en todo Canadá; cierran todos los museos los lunes, hasta en verano, cosa que creo que sólo sigue sucediendo en Madrid (allí es peor, pues hay museos pequeños que, pásmate, cierran todo el mes de agosto); cierran casi todos los restaurantes los fines de semana, y te ves negro para comer algo decente, como pasaba en el muy paleto Londres de los años 70... Es curioso a la par que molesto. Fíjate, en los bajos del hotel hay un sitio muy majo para desayunar y comprar comida buena y barata, pero no veas qué lujo de horario tienen sus empleados, para ser del comercio: de lunes a viernes, de 9:30 a 19:00 h. Y se  acabó. Si te gusta, bien; si no... Mejora eso. Otro dato de paletez parecido a Madrid e inimaginable en metrópolis como Nueva York o Boston, es que en muchos muchos sitios sólo admiten pago al contado, lo que de nuevo nos ha hecho cambiar los dólares canadienses sobrantes, sacar money del cajero, etc. Ni taxis, ni puestos de comida decentes -no me refiero a los carritos de salchichas- ni muchas tiendas aceptan tarjetas, y las que lo hacen, a menudo tienen vetada a American Express, como en España (pero es que esto es América, leche).

Así que, con el gafe a cuestas, decidimos pasar el domingo viendo las muchas atracciones del Independence Hall (un conjunto de manzanas cercano al Delaware, entre la calle 6 y la 3, y entre Market y Chestnut), y dejar los dos museos grandes, uno del tipo British, con momias y eso, y otro de pintura, con una gran colección de impresionistas, para hoy lunes. También el de la Masonería. Y visitar el rollito independentista.

La verdad es que está bien: la ciudad es bonita, muchísimo más parecida a NYC que Boston, que ya dije que no se parece nada, pero con más negros (aún) que NY y muchos menos hispanos, los cuales son prácticamente inexistentes aquí. Los edificios son bastante bonitos, el ambiente es agradable y la gente es muy amable casi siempre. El hotel Westin Philadelphia está situado maravillosamente bien y encima les chorizo la wifi, que es de pago, pero no para mí, porque yo lo valgo.
Tiene un metro muy completo y eficaz, que funciona también con tokens, o fichitas metálicas, como el de Toronto; un tren de cercanías que llega al aeropuerto y es muy fácil de usar (7US$ el trayecto hasta el centro, sólo cash, que se paga directamente al propio conductor del tren), y un trazado de calles a la americana, donde es fácil orientarse:

Las calles forman una cuadrícula casi perfecta, como en Manhattan; las que van de norte a sur llevan numeración correlativa creciente desde el río Delaware -situado al este- hacia el oeste; las que van de este a oeste se llaman de diferentes formas y se van cruzando con las otras. En el centro geográfico hay dos calles más anchas, con nombres casi medievales: Market (la calle del mercado), corta la ciudad por el medio y la divide en norte y sur, y Broad (la calle ancha, o calle mayor), corta la ciudad por el medio y la divide en este y oeste, cruzándose con la anterior exactamente en la manzana que ocupa el Ayuntamiento, que está a dos blocks del hotel. Se establecen así cuatro grandes distritos: Noreste, Noroeste, Sureste y Suroeste, con el Ayuntamiento justo en medio. Fácil hasta para mí.

Cuando yo era jovencilla y estudiaba inglés con una profesora particular que nos ponía la empresa para un grupito de empleados que nos quedábamos allí dos tardes por semana, ella me dijo que yo tenía acento de Filadelfia. "¿Y eso cómo puede ser, si yo nunca he estado en Filadelfia?", le pregunté. "Lo habrás copiado de algún profesor de allí, o que se ha educado allí", me contestó. "¿Y ese acento qué tal es?", seguí preguntando. "No está mal, es bastante distinguido", me dijo ella, que era una cutrísima newyorker. La cosa casi se me había olvidado hasta ahora, que llego aquí y veo que entiendo de maravilla a todo el mundo. Hay personas a las que les pillo el 95%, lo que no se corresponde en absoluto con el nivel de inglés que yo tengo, sobre todo del "escuching"; a mí también me entienden muy bien, y estoy pensando si será verdad eso de que tengo acento de Filadelfia, inspirado por el Holy Ghost o algo así... Desde luego, para empezar se me ha ido a la porra el prejuicio de que a los negros se les entiende peor que a los blancos. A los de Filadelfia, no. O yo, no. Sí se entiende peor a la gente con menos cultura, como pasa en todas partes, lo cual en esta ciudad coincide sospechosamente con las mujeres negras.

Total, que pasamos el domingo viendo desde el Independence Hall a la tumba de Benjamin Franklin, la famosa campana rajada símbolo de la ciudad (menuda chapuza de campana les vendieron los ingleses, para que luego digan de los chinos), y que es mucho más pequeña de lo que yo creía; viendo pelis documentales sobre las 13 colonias que se levantaron contra el Imperio Británico, capitaneadas por Virginia; y yendo de acá para allá para hacer colas, para comer o para lo que fuera. No debiera de tardarse tanto en hacer lo que hay que hacer allí, pero se lleva un día entero por lo mal organizado que está y la poca información que hay. Lo primero que hay que hacer, siempre, siempre, es ir al Independence Visitors' Center y allí pillar tus entradas -gratuitas- con la hora del pase para el que estás admitido, y como suele ser para un par de horas o más después, planificar el resto de actividades y colas para estar allí a la hora que te corresponde.

Las tiendas de recuerdos están bien surtidas, y no son caras (¡qué alivio, volver a una ciudad donde puedes comprar las cosas, y donde comes más o menos bien por mucho menos que en Madrid (hasta por 7€ te pones como el kiko)! Compramos unos facsímiles de la declaración de independencia, de la de los derechos humanos y de la Primera Constitución del mundo, esa que empieza por "We, the People..." y que fue redactada por Jefferson.
Pero hoy, horror, todos, absolutamente todos los museos, cerrados a cal y canto. De uno de ellos nos había avisado el conserje, pero de los otros no nos dijo nada, y colegimos que estaban abiertos... Pues no. Hemos pasado el día como hemos podido, porque con la ola de calor no resulta fácil andar por la calle. Si hubiera sabido que estábamos a sólo una hora de tren de Nueva York, quizá hubiéramos vuelto allí, ya que se nos quedó sin ver el Guggenheim en su momento, pero yo creía que serían como tres horas de tren (creo recordar que la Penn Station, de Nueva York, está al lado del Madison Square Garden). Bueno...

Y mañana nos vamos prontito a Boston, a ver qué pasa.

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