(En azul viene la información más útil para los turistas; en negro, la perfectamente inútil).
Cogimos en el aeropuerto de Boston Logan, terminal B, un vuelo de US Airways hasta Buffalo. Avión pequeñito y medio vacío, pero al menos avión a reacción, que no son tan habituales en los vuelos domésticos estadounidenses. Primer timo, supongo que de una larga serie de ellos: había comprado el billete a través de Rumbo, una web que funciona fenomenal, con la que he sacado muchos billetes desde hace doce años, a plena satisfacción, porque hacen un 5% de descuento a la oferta de la propia aerolínea. PERO al ir a facturar el equipaje, US Airways te cobra 25$ por maleta, por no haber emitido ellos el billete; adiós descuento y más. Por suerte, nos dejan meter en cabina el trolley y sólo facturamos la maleta grande. El vuelo sale muy puntual, es muy tranquilo y llega a Buffalo antes de la hora.
En el aeropuerto de Buffalo vamos al mostrador de Niagara Airbus, que es una empresa privada de autobuses y limusinas, con los que había contratado el shuttle al hotel Marriott de Niagara on the Falls. Es un servicio caro, pero cómodo, porque los autobuses de Greyhound, que son muy económicos, salen del pueblo de Buffalo, adonde tendríamos que coger un taxi, y te dejan en la estación de autobuses de Niagara Falls, desde donde tendríamos que coger otro taxi hasta el hotel (se acabó la baratura), mientras que este es un servicio de puerta a puerta. Pero además sólo hay dos autobuses de Greyhound diarios, ambos por la tarde, y nuestro vuelo llegaba a las 10:50 de la mañana, o sea que descartado. Por otra parte, todo el mundo (desde mi hermana, que conoce estupendamente la zona, hasta mi vecino) coincide en afirmar que la ciudad de Buffalo es horripilante de fea, y que a nadie se le ha perdido absolutamente nada ahí, así que lo suyo es salir corriendo, o rodando, cuanto antes.
Nos meten en un autobús pequeñito, de esos de 9 plazas, algo desvencijado, pero aún digno y con las comodidades básicas, y un chófer mayor, uniformado y muy agradable de trato, que nos advierte que hay que llevar los pasaportes casi en la boca, ya que pronto pasaremos la frontera de Canadá por el puesto de Fort Erie.
Al principio vamos solos, mira qué bien, pero al poco tiempo paramos en un motel de carretera y se sube una señora. Cuando el chófer le pregunta si lleva a mano el pasaporte, la señora se echa las manos a la cabeza y dice que se le ha olvidado en su casa ¿qué hacía en un hotel si vive por allí cerca? Bueno, supongamos que alguna gestión laboral… La pobre se desespera y no hace más que repetir, con un ataque de ansiedad y al borde de las lágrimas: “Oh, my God, I haven't got my passport, oh, my God…!” El caso es que el chófer se tiene que marchar, porque los otros dos pasajeros –nosotros- han contratado un servicio puntual, pero la señora va hasta el aeropuerto de Toronto y va a coger un vuelo a Montréal, en cuya universidad estudia su hija, así que pide de rodillas que esperemos media hora, que va a mandar a su marido que vaya a casa, coja su pasaporte y se lo acerque en un pispás. Vale, pero es que resulta que el marido es dentista, y luego nos cuenta que ha dejado tirado a un paciente en el sillón, con la anestesia puesta y la boca llena de algodones. Madreparió.
Esperamos, mientras la menda, transida de agradecimiento, se ofrece a traernos un cafelito, unos zumitos, lo que haga falta. Y mientras nos cuenta que es directiva de una empresa que se dedica a hermanar ciudades, y que entre eso, la casa, los hijos, está al borde de un ataque de nervios, cosa que, ciertamente, ya habíamos percibido. Lo que me falta a mí ahora es esperar tirada en un motel de carretera, mientras una loca me cuenta su vida en otro idioma y yo hago méritos para una contractura de cuello mirando tol rato patrás. Me hace la pelota, diciendo que hablo un inglés maravilloso; nos da su tarjeta, nos regala dos pines de plástico con un bufalito, emblema obvio de la ciudad, y se pone a nuestra disposición para todo, lo que haga falta, eternamente, ella, sus familiares, amigos y descendientes hasta la cuarta generación. Me agota esta tía. Me planteo si proponerle que hermane la ciudad de Buffalo con la de Toro , en España, por razones taxonómicas evidentes, pero desecho la idea en seguida, porque tendría que explicarle en inglés lo que es una colegiata, y casi mejor no: eso lo dejo para cuando sea profe pilingui de Geografía e Historia. Asegura que conoce a alguien ¡que estuvo una vez en España!, y que ella va estas próximas Navidades a Alemania, y ya de paso “se acercará” un par de días a conocer España. Madreparió bis.
Bueno, llegamos a la frontera de Fort Eirie, y la cola es pequeña, pero es una pesadez de tiempo de espera. Y los aduaneros… Me permiten que no diga nada de esto hasta que esté de vuelta en España, por si las moscas ¿vale? Imaginen, imaginen… El caso es que, casi llegando a Niagara Falls, la loca hace trasbordo a otra furgonetilla de la misma empresa que la llevará al aeropuerto de Toronto. Se va sin despedirse, lo juro. Está muy malita de ansiedad, la pobre; no la juzgo, y tampoco pienso de ella en realidad las maldades que escribo.
El hotel Marriott está francamente bien (el nombre no dice nada, no hay que fiarse, pues he estado en Sheraton y en Radisson horrorosos de malos). Hay dos Marriott, muy cerca uno del otro, en la mejor zona de las cataratas, y luego hemos visto otro Marriott de la segunda marca (Marriott Courtyard), ya mucho más lejos. Estos ofertones los consigo con Trivago, página que se me ha hecho imprescindible para conseguir gangas, porque no es un buscador de tarifas de hoteles, sino un buscador de ofertas de hoteles, que es diferente; ellos no venden: sólo comparan ofertas que haya en cada momento por parte de un gran número de operadores turísticos y de buscadores de tarifas, más las del propio hotel, que a veces es el que tiene el mejor precio (esto se da más en Europa, en Norteamérica casi siempre es un error muy gordo reservar en el propio hotel).
Tenemos una habitación en la planta 14 (siempre las pido altas, aunque las de los últimos pisos suelen ser de mayor precio, pero, dentro de las baratas, yo pido que estén lo más alto posible, porque pedir es gratis, y si no pides, te puede ocurrir como a estos pobres japoneses que se montan en la planta 2ª). La pedí expresamente SIN vistas a las cataratas, que es más barata, y quizá ello sorprenda, pero ha sido un acierto, tal como me imaginaba: uno acaba hasta los petos de cataratas todo el día y toda la noche, y lo que quieres para dormir es tener un poco de paz y silencio, y olvidarte del estruendo de las cataratas. Así resulta ser, en efecto. Hay dos camas dobles, como en muchos hoteles americanos, donde se meten familias enteras en un cuarto, como si fueran gitanos. Deshacemos la maletita pequeña, nos bajamos a comer a un Tony Roma’s que hay debajo y luego nos disponemos ya a ver las cataratas.
Muy monas, las cataratitas. Así, en diminutivo, porque al lado de las de Iguaçú, parecen de juguete. Son dos saltos nada más, bastante pequeños ambos: uno, recto, en el lado estadounidense; el otro, curvo, en forma de herradura casi perfecta (no en vano se llama Horseshoe Fall), en el lado canadiense. Dicen las guías turísticas, y corrobora todo el mundo, que las cataratas hay que verlas desde el lado canadiense, que llevan el 90% de agua del total y blablablá. A mí no me lo parece; creo que los dos saltos son parecidos, aunque la verdad es que se ve más neblina por la presión del agua en el de Horseshoe, así que colijo que, o cae desde más alto –aunque aparentemente no se nota-, o cae con más fuerza porque lleva más presión, o las dos cosas.
Tampoco es cierto lo que me habían dicho: que esta ciudad parece Las Vegas. A ver: hay dos casinos, sí, pero ya está; ni hay tantos rascacielos (ya quisiera Benidorm tener tan pocos), ni es tan horrible y artificial; de hecho es bonita, está muy bien cuidada, con jardines espectaculares y limpios paseos, y los rascacielos y las dos torres que hay (la Minolta, que es un hotel y está al lado de nuestro hotel, y la Skylon, que es un restaurante giratorio) suelen tener buen gusto.
Las cataratas del Niágara son, ya digo, bastante pequeñas (ocupan el lugar 45 en el ranking mundial de bestiez cataratil), pero son muy bonitas. Y están preparadas a todo meter para el turismo, aunque no te da sensación de agobio en ningún momento, y las pocas colas que se hacen son totalmente asumibles (ah, aquellos desmayos líricos haciendo una cola de horas para ver la Capilla Sixtina , para ver la Sainte Chapelle …). También es verdad que no hemos estado en fin de semana, que debe de ser cosa fina. Es uno de los destinos más populares para el turismo canadiense y estadounidense, y sigue siendo un destino prioritario para lunas de miel yankies, como en la peli de Henry Hathaway, donde una espléndida y malísima Marilyn Monroe popularizó para siempre los impermeables amarillos (cualquiera los cambia de color ahora…) para visitar los túneles bajo la catarata.
Nota cultureta, que para eso me empollé el año pasado un tema enterito dedicado a la orografía norteamericana: las cataratas no nacen porque la vecina del quinto se dejó un grifo abierto, como dicen las malas lenguas, sino porque el río Niágara encuentra de repente en medio de su curso un desnivel importante de terreno, que se origina justo en el borde del escudo laurentino, una formación de las más antiguas del planeta, concretamente del precámbrico, como la Preysler o el Georgie Dann (el precámbrico es la época anterior a la era primaria, para quien no lo sepa, y es un periodo muy rico en fósiles). Bueno, pues dicho escudo laurentino entroncaba en su momento con una zona de llanuras y praderas ricas en gramíneas (las famosas praderas norteamericanas donde vivían los indios, que se extienden hasta casi el oeste), pero en esta zona un movimiento telúrico en época por mí desconocida hizo que dicha llanura se hundiera de repente varios metros, quedando el afilado borde del escudo al descubierto, y dando lugar a la catarata. Por eso esta cascada tiene un borde tan nítido, no es como el de la mayoría de ellas, donde se ve caer el agua a partir de una curva, sino que se ve un borde cortante, borde que además va erosionándose hacia adentro muy deprisa, a razón de 30 cm cada diez años.
Bueno, lo primero que hicimos es ir a una de las atracciones que no pueden faltar: el paso en el barquito Maid of the Mist (la doncella de la neblina). Ojo, que aquí tengo consejos importantes para novatos, para que no os pase lo que a nosotros. Vale, te dan un impermeable (en este caso, azul), pero te mojas tanto, tantísimo, que todo tú eres un grifo de rodillas para abajo, incluidos los zapatos. Si es pleno verano y el tiempo lo permite, mejor ir con pantalón corto y chancletas, o calzado textil, NO calzado de piel o ante, porque lo estropearás, y NO pantalones largos, porque se te embarrarán todos los bajos, a menos que te los arremangues.
El barquito, que no tiene asientos, hace una travesía que dura unos 30 minutos, cuesta 16,5 CA$ por persona, y te lleva por abajo (no por arriba) hasta el mismo centro de la herradura. Te pones como una sopa, garantizado (el gustito que debe de dar hacer esto en invierno...). Otra cosa que diferencia mucho estas cataratas de las de Iguaçú es que las brasileñas las ves, y además siempre las ves de abajo arriba y a lo lejos (a menos que las sobrevueles en helicóptero), mientras que estas te las bebes: las ves por arriba, por abajo, por el medio y te metes en ellas.
Al día siguiente hicimos la otra cosa indispensable en este pueblo: el Journey behind the Falls (paseo por detrás de las cataratas), donde te dan el famoso impermeable amarillo. También te mojas, y vale el mismo consejo que para el barquito, pero ni mucho menos te mojas tanto. Los túneles (hay tres) no son longitudinales a la catarata, sino trasversales, y la cosa consiste en avanzar entre el gentío hasta el balconcillo que hay al final de cada uno, desde donde se ve y se palpa la catarata. Está bien. De ahí te coges un funicular que, por 2,5 CA$ por persona te salva el tremendo desnivel con la zona de hoteles.
Y poco más hay que hacer aquí. Tienen toda la razón quienes dicen que es una bobada quedarse más de una noche, a menos que vayas con coche y quieras hacer excursiones por la zona, que si al Fort Erie, que si a Niagara-on-the-Lake, que si a la zona de viñedos... pero no son cosas indispensables.
Así que nos cogimos un taxi y nos plantamos en la estación de Via Rail, la empresa privada que explota el ferrocarril en Canadá, pero esa es otra historia...
Y poco más hay que hacer aquí. Tienen toda la razón quienes dicen que es una bobada quedarse más de una noche, a menos que vayas con coche y quieras hacer excursiones por la zona, que si al Fort Erie, que si a Niagara-on-the-Lake, que si a la zona de viñedos... pero no son cosas indispensables.
Así que nos cogimos un taxi y nos plantamos en la estación de Via Rail, la empresa privada que explota el ferrocarril en Canadá, pero esa es otra historia...
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