miércoles, 20 de julio de 2011

BOSTON (y 2)

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Hemos volado a Boston desde Filadelfia esta mañana. Boston fue la primera etapa de nuestro viaje y será la última, pues mañana partimos hacia Madrid de vuelta. Las megavacaciones se han acabado, y sólo quedan ya para finales de agosto las cortitas pero reparadoras vacaciones en Menorca.
Fue curioso sumergirse en el maremágnum de “phillys” que iban a trabajar al centro en metro y tren de cercanías, sorbiendo con prisa sus tanques de café de Starbuck’s, pues nos metimos en el cercanías que va al aeropuerto, en la estación Suburban (que, a pesar del nombre, está en pleno centro), a las 7:45, mientras que lo normal cuando estás de vacaciones es no salir a la calle antes de las 10. Fue muy dificultoso facturar, porque la maquinita automática de check-in no reconocía ni mi nombre, ni el de Juan, ni el localizador que tenía apuntado en un papelito, menos mal que nos ayudó un empleado, que no sé qué carajo de técnicas gastan, pero haciendo lo mismo, a ellos sí les sale.

El vuelo fue bien, pero la maleta grande llegó con un abollón en una esquina (estos de US Airways están batiendo todos los récords de cafrerío manipulando el equipaje, madreparió); una gozada llegar a una ciudad que ya conoces y saber lo que tienes que hacer sin que te timen: derechos a buscar el metro (T) y la Silver Line, y antes a sacar la tarjeta de viajes múltiples llamada “Charlie Ticket” en la maquinita; la cargas con los viajes que tú quieras: cada uno son 2 US$ y, si calculas bien, no te sobran ni te faltan.

A quien se le diga cómo es el transporte suburbano de Boston, alucina: es un híbrido metro-autobús-trolebús, y a todo ello le llaman T, -de tube supongo-. Hay estaciones y líneas en las que es un metro tradicional, con su túnel, sus vías y todo eso; hay otras, como justamente la Silver line, que en unos trechos es trolebús y va por un túnel (como un metro sin vías, para entendernos), y luego se para de repente, se baja el conductor, quita el trole, se monta y arranca un motor diesel, convirtiéndose así en autobús convencional articulado (por eso nunca son más de dos vagones); por ejemplo, la carrera al/del aeropuerto, es mixta. Por eso despista que tú preguntes por el metro o sigas la línea T y te encuentres con un autobús, lo que puede hacer que busques y busques la bajada a una estación de metro convencional, que en el aeropuerto no la vas a encontrar.

Tras acomodarnos en el mismo hotel que la otra vez, el Westin Waterfront, y recoger la ropa que me dejé olvidada en la habitación entonces, que me la habían guardado porque les avisé de que volvería el 19 a por ella, hemos salido a comer y a conocer propiamente la ciudad, porque el único día completo que estuvimos aquí, el 5 de julio, lo pasamos en Cambridge viendo el MIT y Harvard, y habíamos pateado poco la ciudad. Asunto resuelto hoy: madre mía la paliza que llevamos.

Hemos conocido un parque muy céntrico precioso, lleno de estanques, fuentes enormes con chorros bajo los que se bañan niños risueños, ardillitas jetas de las que no se asustan de nada y se acercan a mordisquearte los pies… Luego hemos salido a la Beacon street y hemos visto el local de “Cheers” la famosa serie de TV, que se rodó íntegramente aquí. Esa calle da acceso a Beacon Hill, el barrio distinguido de por aquí, que es totalmente inglés, de hecho parece el barrio de Belgravia de Londres trasplantado a Massachusetts: con sus casas elegantes de puertas georgianas, a las que se accede por unas escalerillas… Muy bonito y fotogénico, la verdad. En todo el barrio no se puede aparcar, ni pagando ni sin pagar, si no eres residente. Y, por supuesto, no hay transporte público.
 Luego hemos salido a la orilla del río Charles, que es el que separa Boston del condado de Cambridge donde están Harvard y el MIT, como si fueran Sevilla y Triana. Es una zona ajardinada preciosa, con una pista asfaltada para hacer footing o ciclismo, montones de bancos para sentarse, veleritos navegando por el río, gente haciendo picnic en las praderas, perros jugueteando, deportistas de todo pelaje matándose a abdominales con su iPod en el brazo… Ya no ha habido huevos para seguir andando hasta Copley Place, que es otra zona neurálgica de esta ciudad en miniatura, monísima, cuidadísima, europeísima, de tamaño manejable y con una gente de una amabilidad casi empalagosa.
El último día de estancia en Boston visitamos el Museum of Fine Arts (MFA), donde pasamos parte del día, hasta que tuvimos que volver al hotel, recoger el equipaje y pirarnos al aeropuerto. El transporte no fue fácil desde nuestro hotel, pues hubo que hacer dos trasbordos complicados y pesados, pero mereció la pena. Se trata de un museo enorme, tipo Louvre o Metropolitan, que precisa al menos un día completo o más de uno para verlo bien en su totalidad. La entrada es cara, unos 24 US$ por persona, pero puedes repetir la visita con la misma entrada en el plazo de 10 días, cosa que a nosotros no nos servía, pero igual a ti sí; si vas a estar varios días en Boston, te puede interesar ver este museo en dos fechas diferentes, con la misma entrada, dejando algunos días entre medias.

Tienen una colección de arte egipcio muy apañá, algunas cosas persas, orientales, medievales, renacentistas... pero nos fuimos casi derechos, por no tener más tiempo, al arte americano, que es el propio del país y el que no te encuentras por ahí en otros museos del mundo. Buena colección de muebles victorianos, de vidrieras de Tiffany y de retratos de Andy Warhol. Y una sorpresa: aquí está el famosísimo retrato de Góngora pintado por Velázquez, donde se ve claramente que es un hombre a una nariz pegado y que estaba extreñido el día que posó.

Hay tres restaurantes en el museo, de los cuales sólo una cafetería es tratable de precio, pero había una cola monstruosa y encima no es autoservicio, así que, como almorzar allí era lo último que íbamos a hacer antes de marcharnos, optamos por irnos a comer a otro sitio (de nuevo la South Station, que nos pillaba de camino), y no ponernos nerviosos por la salida del avión.

El vuelo salió a las 18:20 y duró apenas 6,5 horas (media hora menos de lo previsto, gracias a que traíamos viento de cola; lo previsto eran “sólo” 7 horas, una menos que a la ida, como viene siendo habitual cuando vuelas desde América). Tuvimos muchísimas turbulencias, pero no de las que dan miedo, aunque tuvieron que suspender el servicio de cenas; llegamos a la Terminal 4-S a las 6:45, y nos estábamos metiendo en la cama a dormir el jetlag a las 10:00.

Me da rabia haberme quedado sin ver sitios interesantísimos, como el Acuario (soy una freaky incorregible de los peces), o una excursión a Salem, o a Cape Cod (¿os acordáis de la peli “El cabo del miedo”, en la que De Niro está que se sale haciendo de malo?), donde tienen sus mansiones todos los ricachos -aparte de la consabida cabañita en Vermont, al lado de un lago-, o Newport, donde vivieron los Kennedy, sobre todo teniendo en cuenta que ayer desperdiciamos total y absolutamente el día en una tórrida e infernal Filadelfia donde sólo estaban abiertos los centros comerciales, pero bueno…

Desde luego, New England merece una segunda visita, mucho más a fondo, conociendo no sólo este estado de Massachusetts, sino los vecinos de Maine, Vermont y New Hampshire, pero por esta vez no ha podido ser. Ha sido un viaje raro y, de alguna manera, algo frustrante, pero desde luego la mar de entretenido.

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