lunes, 11 de julio de 2011

OTTAWA (léase Áraua)

Bueno, pues ya hemos llegado a la capital federal, perfectamente limpia, pulcra y bilingüe. Estamos al norte de Ontario, justo en la fontera entre dicho estado (anglófono) y el de Québec (francófono), que se ve al otro lado del río Ottawa, en lo que es el correlato de la ciudad de Ottawa, pero en francés, llamada Gatineau.

El viaje en tren desde Toronto fue mucho más cómodo y menos accidentado, y menos mal, porque duró cuatro horas y media. El tren era de Via Rail, no de Amtrak, con los asientos también amplios y comodísimos, y dos tercios del pasaje, incluida yo, iba usando la wifi gratuita, bien en sus portátiles o en sus blackberries. Aproveché también los enchufes del tren para recargar los móviles y el netty.

Lo único malo que tengo que decir es que la Union Station de Toronto es un desastre, donde no hay ni una maldita cafetería para desayunar (y nos hacía falta, porque salimos del hotel sin hacerlo, por llegar a tiempo). Lo único que hay es un puestecillo ambulante (en toda la estación: lo juro, es alucinante), con café, refrescos, alguna fruta y unos muffins (magdalenas gigantescas con relleno de cosas variadas). Te lo compras, pagando exclusivamente al contado (nada de tarjetas en ninguna estación canadiense, ni en ningún taxi: esto no es Estados Unidos), y te lo comes como puedes sentado en un banco, sin mesas, apoyándolo en tus rodillas y poniéndote perdido de migas y lamparones. No hay NADA en las estaciones: ni prensa, ni regalitos, ni librería, ni cafeterías, ni restaurantes, nada. En el tren tampoco hay cafetería como tal, sino un señor que pasa con un carrito con lo más simple: unos sandwiches, un café, un bollito, unos refrescos... Y, por supuesto, pagas al contado.

En este trayecto era obligatorio facturar el equipaje voluminoso, que luego te devuelven en destino, haciendo una cola muy pesada. Tras recuperar el equipaje a la llegada a Ottawa, fuimos a comer algo (unos bocatas calientes y una ensalada de pasta apestosa), todo carísimo y al contado, porque eran ya pasadas las 2.

Hago tanto hincapié en lo de que todo se paga al contado, porque me he quedado sin cash, no tengo ya apenas dólares canadienses, mientras que me sobran los estadounidenses, que veré de cambiar por los primeros, porque en USA sí que pagas con tarjeta hasta un sandwich. El caso es que teníamos que coger un taxi hasta el hotel, porque la estación está a 7 km del centro, y yo no estaba segura de tener suficiente para pagar al contado la carrera, depende de lo caro que fuera, así que hemos tenido que sacar pasta de un cajero, que es lo último que hace un buen viajero, porque te aplican un cambio horroroso y dos docenas de cargos extras y comisiones, pero no había más remedio. [Actualización posterior: Es importante que antes de salir de tu país preguntes en el banco donde tienes cuenta cuáles son los bancos asociados que tienen en el país donde vayas, por ejemplo el asociado del Banco Santander en Estados Unidos es Bank of America, porque en esos cajeros no te cobrarán comisión]

Así que fuimos a un cajero de esos (en Norteamérica los llaman ATM, Automated Teller Machine), y no están situados físicamente en bancos, sino en comercios variados que los alojan, que pueden ser perfectamente una frutería o una farmacia; el comercio pone la pasta y luego le cobra al banco que sea la comisión correspondiente. Si tu tarjeta 4B es Mastercard, que es lo más normal, no tendrás problema para obtener dinero en cualquier cajero.

El Novotel de Ottawa, donde nos alojamos, está muy bien, aunque es sólo un tres estrellas, pero la situación es magnífica y es muy nuevo, no tendrá ni dos años; tiene piscina cubierta con guacuchi, y una decoración bonita y funcional, parecida a la de los hoteles AC de España. ¡Y tiene wifi gratis en la habitación, guau!

Salimos a conocer la ciudad, que por este lado es fea y antigua (lo cierto es que la habitación tiene unas vistas horrendas), pero cerquísima de aquí, a cinco minutos andando, está la Rideau Street, animadísima, y un poco más allá el Rideau Canal, un canal del río Ottawa, lleno de esclusas, que cuando esto se hiela por completo en invierno, se convierte en la pista de patinaje más larga del mundo, con más de 20 km. Pues al otro lado del canal, no veáis lo que hay, buf: unos jardines flipantes llenos de edificios neogóticos con un gusto exquisito: el Parlamento, el Ayuntamiento...

No sabes bien dónde estás, con esos arcos ojivales, las fachadas de ladrillo visto... ¿Es esto París con esas mansardas abiertas en el tejado de pizarra? ¿Es Praga, con los tejados dorados y rojos? ¿Copenhague con sus estatuas de cobre verde? ¿Es Londres, con esa réplica del Big-Ben? Pues no: es Ottawa.

De vuelta al hotel nos ponemos ciegos a comer una comida riquísima, deliciosa y a muy buen precio, en un pub irlandés con terraza al aire libre, con una brisa maravillosa, una temperatura perfecta y rodeados de macizos de flores. Parece que esta ciudad es la mitad de cara que Toronto, qué cosas. Me está gustando...

Al día siguiente, tras meternos un desayuno buffet con -por fin- croissants franceses (ya se nota la influencia gabacha por aquí), nos fuimos a ver el cambio de guardia. Atento, que te voy a decir dónde te debes colocar para verlo todo fantásticamente:
La ceremoña en sí dicen que empieza a las 10, pero empieza cinco minutos antes, y dura hasta las 10:30, o sea 35 minutos. Como hay poco turismo en esta ciudad, incluso en verano, es fácil coger un sitio privilegiado presentándote allí tan sólo a las 9:45. Vas a la zona monumental, donde está todo; buscas la Peace Tower, que es una réplica casi exacta del Big-Ben, pero con bandera canadiense encima, y miras los parterres que hay justo enfrente. En esos parterres de césped perfecto van a hacer la ceremonia de cambio de guardia más vistosa que he visto nunca, y mira que me he comido ceremonias así: en Londres, en Copenhague, en Atenas...
Colócate justo enfrente de la torre, tras la soga de seguridad, donde veas un militar que está allí para evitar que la gente asfixie a los soldados que desfilan. Te echarán de allí, trasladándote un poquito, porque justo por ese punto entran y salen los soldados que desfilan, que vienen desde la calle, pero te quedarás en primerísima fila, echando con el culo a los de atrás, para poder verlo, fotografiarlo o filmarlo (aconsejo lo último).
Cada día de la semana desfila un destacamento de soldados de dos de los estados canadienses; hoy lunes tocaban los de Manitoba, que son como los leperos de Canadá, y el regimiento Halifax de Nova Scotia (lo pronuncian Nova Scosha), que yo creo que es lo que lo ha hecho más atractivo, porque van todos vestidos de escoceses, tocando sus gaitas maravillosamente, etc. Los manitobenses también tocan música: trombones de varas, oboes, pífanos... Es absolutamente espectacular, aunque no te gusten nada estos fastos. No hay que perdérselo.
Luego hemos ido a una carpa blanca con tres puntas que hay por allí cerca, donde te dan una fichita para la siguiente visita guiada al Parlamento que haya disponible. Puede que sea una buena idea, si se llega con tiempo, reservar primero la visita, luego ver el cambio de guardia y luego entrar a la visita, pero bueno... Hay muchos guías y muchas visitas disponibles, la mitad en francés y la mitad en inglés; raramente hay que esperar más de una hora, que la pasas rápidamente haciendo fotos en los espectaculares jardines.
La visita es muy interesante, gratuita y guiada; dura 1 hora neta, pero hace falta calcular media hora más para los periodos de espera y para los férreos controles de seguridad, amabilísimos pero implacables, peores que los de un aeropuerto. Se visita la House of Commons (Cámara de los Comunes o Congreso de los Diputados) y el Senate (Senado), así como otras dependencias muy interesantes, incluida la visita en silencio absoluto y sin posibilidad de tomar fotos de la Biblioteca del Parlamento, una de las más bellas que he visto en mi vida.
Una cosa que me ha llamado la atención es que ellos, como país perteneciente a la Commonwealth, se consideran una monarquía, y a la reina de Inglaterra la llaman "su soberana"; sus retratos lo inundan todo, y se les hace el culo pepsicola hablando de la monarquía, como les pasa a todos los americanos. Mientras que en los países verdaderamente monárquicos, como el nuestro, la gente está hasta la punta de los pelos de los reyes, en los que nunca han tenido una monarquía, les encaaannntaaaaa. Es tan bonito el asunto ese de los príncipes y las princesas, snif. }:-)
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¿Era esta la "araña negra" de la que hablaba Blasco Ibáñez?
Bueno, otras cosas que hemos visto son la Catedral de Nôtre Dame, católica (claro), con una bóveda de lo más kitsch, azul oscura que simula el firmamento tachonado de estrellas, y la National Gallery, con sus bóvedas y chapiteles todos de cristal, originalísimos,pero donde no pudimos entrar, a pesar de haber una interesante muestra de Caravaggio, porque llegamos justo a la hora de cerrar, las 17 h. Hay una estatua cachondísima por la zona, de una araña asquerosa gigantesca, llena de huevos, a la que he hecho una foto con el fondo de la Catedral, en homenaje cáustico a Blasco Ibáñez y su obra "La araña negra", a mayor gloria de Dios.
Mañana salimos para Montréal. Cambiamos de estado, de Ontario a Québec; y de idioma, de inglés a francés. Cagontólomásbarrío, ahora que ya estaba empezando a entender algo...

1 comentario:

  1. Me encanta tu blog. Me hace sentir viajero desde la silla de mi despacho. Un lujo. Me siento igual que cuando hago un curso "online", estoy estudiando pero estoy en casa. ¡¡Eso es, estoy viajando pero estoy en casa!!. Desde ahora mismo me declaro viajero "on line".
    Besos y gracias por permitirnos viajar contigo.

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