miércoles, 20 de julio de 2011

BOSTON (y 2)

[En azul los comentarios más útiles para el viajero; en negro, los demás]


Hemos volado a Boston desde Filadelfia esta mañana. Boston fue la primera etapa de nuestro viaje y será la última, pues mañana partimos hacia Madrid de vuelta. Las megavacaciones se han acabado, y sólo quedan ya para finales de agosto las cortitas pero reparadoras vacaciones en Menorca.
Fue curioso sumergirse en el maremágnum de “phillys” que iban a trabajar al centro en metro y tren de cercanías, sorbiendo con prisa sus tanques de café de Starbuck’s, pues nos metimos en el cercanías que va al aeropuerto, en la estación Suburban (que, a pesar del nombre, está en pleno centro), a las 7:45, mientras que lo normal cuando estás de vacaciones es no salir a la calle antes de las 10. Fue muy dificultoso facturar, porque la maquinita automática de check-in no reconocía ni mi nombre, ni el de Juan, ni el localizador que tenía apuntado en un papelito, menos mal que nos ayudó un empleado, que no sé qué carajo de técnicas gastan, pero haciendo lo mismo, a ellos sí les sale.

El vuelo fue bien, pero la maleta grande llegó con un abollón en una esquina (estos de US Airways están batiendo todos los récords de cafrerío manipulando el equipaje, madreparió); una gozada llegar a una ciudad que ya conoces y saber lo que tienes que hacer sin que te timen: derechos a buscar el metro (T) y la Silver Line, y antes a sacar la tarjeta de viajes múltiples llamada “Charlie Ticket” en la maquinita; la cargas con los viajes que tú quieras: cada uno son 2 US$ y, si calculas bien, no te sobran ni te faltan.

A quien se le diga cómo es el transporte suburbano de Boston, alucina: es un híbrido metro-autobús-trolebús, y a todo ello le llaman T, -de tube supongo-. Hay estaciones y líneas en las que es un metro tradicional, con su túnel, sus vías y todo eso; hay otras, como justamente la Silver line, que en unos trechos es trolebús y va por un túnel (como un metro sin vías, para entendernos), y luego se para de repente, se baja el conductor, quita el trole, se monta y arranca un motor diesel, convirtiéndose así en autobús convencional articulado (por eso nunca son más de dos vagones); por ejemplo, la carrera al/del aeropuerto, es mixta. Por eso despista que tú preguntes por el metro o sigas la línea T y te encuentres con un autobús, lo que puede hacer que busques y busques la bajada a una estación de metro convencional, que en el aeropuerto no la vas a encontrar.

Tras acomodarnos en el mismo hotel que la otra vez, el Westin Waterfront, y recoger la ropa que me dejé olvidada en la habitación entonces, que me la habían guardado porque les avisé de que volvería el 19 a por ella, hemos salido a comer y a conocer propiamente la ciudad, porque el único día completo que estuvimos aquí, el 5 de julio, lo pasamos en Cambridge viendo el MIT y Harvard, y habíamos pateado poco la ciudad. Asunto resuelto hoy: madre mía la paliza que llevamos.

Hemos conocido un parque muy céntrico precioso, lleno de estanques, fuentes enormes con chorros bajo los que se bañan niños risueños, ardillitas jetas de las que no se asustan de nada y se acercan a mordisquearte los pies… Luego hemos salido a la Beacon street y hemos visto el local de “Cheers” la famosa serie de TV, que se rodó íntegramente aquí. Esa calle da acceso a Beacon Hill, el barrio distinguido de por aquí, que es totalmente inglés, de hecho parece el barrio de Belgravia de Londres trasplantado a Massachusetts: con sus casas elegantes de puertas georgianas, a las que se accede por unas escalerillas… Muy bonito y fotogénico, la verdad. En todo el barrio no se puede aparcar, ni pagando ni sin pagar, si no eres residente. Y, por supuesto, no hay transporte público.
 Luego hemos salido a la orilla del río Charles, que es el que separa Boston del condado de Cambridge donde están Harvard y el MIT, como si fueran Sevilla y Triana. Es una zona ajardinada preciosa, con una pista asfaltada para hacer footing o ciclismo, montones de bancos para sentarse, veleritos navegando por el río, gente haciendo picnic en las praderas, perros jugueteando, deportistas de todo pelaje matándose a abdominales con su iPod en el brazo… Ya no ha habido huevos para seguir andando hasta Copley Place, que es otra zona neurálgica de esta ciudad en miniatura, monísima, cuidadísima, europeísima, de tamaño manejable y con una gente de una amabilidad casi empalagosa.
El último día de estancia en Boston visitamos el Museum of Fine Arts (MFA), donde pasamos parte del día, hasta que tuvimos que volver al hotel, recoger el equipaje y pirarnos al aeropuerto. El transporte no fue fácil desde nuestro hotel, pues hubo que hacer dos trasbordos complicados y pesados, pero mereció la pena. Se trata de un museo enorme, tipo Louvre o Metropolitan, que precisa al menos un día completo o más de uno para verlo bien en su totalidad. La entrada es cara, unos 24 US$ por persona, pero puedes repetir la visita con la misma entrada en el plazo de 10 días, cosa que a nosotros no nos servía, pero igual a ti sí; si vas a estar varios días en Boston, te puede interesar ver este museo en dos fechas diferentes, con la misma entrada, dejando algunos días entre medias.

Tienen una colección de arte egipcio muy apañá, algunas cosas persas, orientales, medievales, renacentistas... pero nos fuimos casi derechos, por no tener más tiempo, al arte americano, que es el propio del país y el que no te encuentras por ahí en otros museos del mundo. Buena colección de muebles victorianos, de vidrieras de Tiffany y de retratos de Andy Warhol. Y una sorpresa: aquí está el famosísimo retrato de Góngora pintado por Velázquez, donde se ve claramente que es un hombre a una nariz pegado y que estaba extreñido el día que posó.

Hay tres restaurantes en el museo, de los cuales sólo una cafetería es tratable de precio, pero había una cola monstruosa y encima no es autoservicio, así que, como almorzar allí era lo último que íbamos a hacer antes de marcharnos, optamos por irnos a comer a otro sitio (de nuevo la South Station, que nos pillaba de camino), y no ponernos nerviosos por la salida del avión.

El vuelo salió a las 18:20 y duró apenas 6,5 horas (media hora menos de lo previsto, gracias a que traíamos viento de cola; lo previsto eran “sólo” 7 horas, una menos que a la ida, como viene siendo habitual cuando vuelas desde América). Tuvimos muchísimas turbulencias, pero no de las que dan miedo, aunque tuvieron que suspender el servicio de cenas; llegamos a la Terminal 4-S a las 6:45, y nos estábamos metiendo en la cama a dormir el jetlag a las 10:00.

Me da rabia haberme quedado sin ver sitios interesantísimos, como el Acuario (soy una freaky incorregible de los peces), o una excursión a Salem, o a Cape Cod (¿os acordáis de la peli “El cabo del miedo”, en la que De Niro está que se sale haciendo de malo?), donde tienen sus mansiones todos los ricachos -aparte de la consabida cabañita en Vermont, al lado de un lago-, o Newport, donde vivieron los Kennedy, sobre todo teniendo en cuenta que ayer desperdiciamos total y absolutamente el día en una tórrida e infernal Filadelfia donde sólo estaban abiertos los centros comerciales, pero bueno…

Desde luego, New England merece una segunda visita, mucho más a fondo, conociendo no sólo este estado de Massachusetts, sino los vecinos de Maine, Vermont y New Hampshire, pero por esta vez no ha podido ser. Ha sido un viaje raro y, de alguna manera, algo frustrante, pero desde luego la mar de entretenido.

martes, 19 de julio de 2011

HISTORIAS DE FILADELFIA

[En azul, lo que pueda tener interés para el viajero; en negro, lo demás]


¿Qué hace una chica como yo en un sitio como este? Esa es una pregunta que nunca se hizo Katharine Hepburn mientras rompía con desparpajo, de un rodillazo, los palos de golf de su exmarido, en la película que da nombre a esta entrada. Pero yo sí me la hago: ¿Qué hace una chica como yo en un sitio como este? Lejos por igual del destino que quería y que planifiqué, y de casa. Sin blanca y con una considerable ola de calor. ¿?

Bueno, el caso es que estoy en la tierra del queso amariconao, de la peli de Tom Hanks, de la canción de Springsteen y last, but not least, de la cuna de la independencia de este país.

Como gafado que está el viaje (coño, si lo sé me ahorro el blog y no se lo cuento a nadie, pero es que a mí me hubiera gustado tanto que alguien me dijera todo esto...), de los dos días y medio que teníamos aquí, dedicamos el primer medio día, sábado por la tarde, a pasear por los alrededores del río Delaware, con otras familias de negros, pues negros estamos y negra es el 75% de la población. Quedaba un domingo y un lunes completos, y cosas suficientes para llenar dos días: bien. Pero ya verás cómo no.

Ayer domingo planificamos el día, y decidimos dejar para hoy lunes los museos, incluyendo uno la mar de curioso y muy cercano al hotel, el Museo de la Masonería, pues la Gran Logia de Pennsylvania tuvo mucha influencia en la declaración de independencia, no en vano Franklin, Jefferson y Washington eran todos masones de alto grado. Ya sé que en muchas ciudades cierran los lunes los museos, pero venía de un país, Canadá, donde eso es así y siempre aparece la coletilla "salvo de junio a septiembre, abiertos a diario", y francamente, creía que aquí sería igual. Pues no.

La verdad es que es un poco paleta esta ciudad, te diré en qué: cierran todas las tiendas a las 19 h., cosa inimaginable en NYC o en todo Canadá; cierran todos los museos los lunes, hasta en verano, cosa que creo que sólo sigue sucediendo en Madrid (allí es peor, pues hay museos pequeños que, pásmate, cierran todo el mes de agosto); cierran casi todos los restaurantes los fines de semana, y te ves negro para comer algo decente, como pasaba en el muy paleto Londres de los años 70... Es curioso a la par que molesto. Fíjate, en los bajos del hotel hay un sitio muy majo para desayunar y comprar comida buena y barata, pero no veas qué lujo de horario tienen sus empleados, para ser del comercio: de lunes a viernes, de 9:30 a 19:00 h. Y se  acabó. Si te gusta, bien; si no... Mejora eso. Otro dato de paletez parecido a Madrid e inimaginable en metrópolis como Nueva York o Boston, es que en muchos muchos sitios sólo admiten pago al contado, lo que de nuevo nos ha hecho cambiar los dólares canadienses sobrantes, sacar money del cajero, etc. Ni taxis, ni puestos de comida decentes -no me refiero a los carritos de salchichas- ni muchas tiendas aceptan tarjetas, y las que lo hacen, a menudo tienen vetada a American Express, como en España (pero es que esto es América, leche).

Así que, con el gafe a cuestas, decidimos pasar el domingo viendo las muchas atracciones del Independence Hall (un conjunto de manzanas cercano al Delaware, entre la calle 6 y la 3, y entre Market y Chestnut), y dejar los dos museos grandes, uno del tipo British, con momias y eso, y otro de pintura, con una gran colección de impresionistas, para hoy lunes. También el de la Masonería. Y visitar el rollito independentista.

La verdad es que está bien: la ciudad es bonita, muchísimo más parecida a NYC que Boston, que ya dije que no se parece nada, pero con más negros (aún) que NY y muchos menos hispanos, los cuales son prácticamente inexistentes aquí. Los edificios son bastante bonitos, el ambiente es agradable y la gente es muy amable casi siempre. El hotel Westin Philadelphia está situado maravillosamente bien y encima les chorizo la wifi, que es de pago, pero no para mí, porque yo lo valgo.
Tiene un metro muy completo y eficaz, que funciona también con tokens, o fichitas metálicas, como el de Toronto; un tren de cercanías que llega al aeropuerto y es muy fácil de usar (7US$ el trayecto hasta el centro, sólo cash, que se paga directamente al propio conductor del tren), y un trazado de calles a la americana, donde es fácil orientarse:

Las calles forman una cuadrícula casi perfecta, como en Manhattan; las que van de norte a sur llevan numeración correlativa creciente desde el río Delaware -situado al este- hacia el oeste; las que van de este a oeste se llaman de diferentes formas y se van cruzando con las otras. En el centro geográfico hay dos calles más anchas, con nombres casi medievales: Market (la calle del mercado), corta la ciudad por el medio y la divide en norte y sur, y Broad (la calle ancha, o calle mayor), corta la ciudad por el medio y la divide en este y oeste, cruzándose con la anterior exactamente en la manzana que ocupa el Ayuntamiento, que está a dos blocks del hotel. Se establecen así cuatro grandes distritos: Noreste, Noroeste, Sureste y Suroeste, con el Ayuntamiento justo en medio. Fácil hasta para mí.

Cuando yo era jovencilla y estudiaba inglés con una profesora particular que nos ponía la empresa para un grupito de empleados que nos quedábamos allí dos tardes por semana, ella me dijo que yo tenía acento de Filadelfia. "¿Y eso cómo puede ser, si yo nunca he estado en Filadelfia?", le pregunté. "Lo habrás copiado de algún profesor de allí, o que se ha educado allí", me contestó. "¿Y ese acento qué tal es?", seguí preguntando. "No está mal, es bastante distinguido", me dijo ella, que era una cutrísima newyorker. La cosa casi se me había olvidado hasta ahora, que llego aquí y veo que entiendo de maravilla a todo el mundo. Hay personas a las que les pillo el 95%, lo que no se corresponde en absoluto con el nivel de inglés que yo tengo, sobre todo del "escuching"; a mí también me entienden muy bien, y estoy pensando si será verdad eso de que tengo acento de Filadelfia, inspirado por el Holy Ghost o algo así... Desde luego, para empezar se me ha ido a la porra el prejuicio de que a los negros se les entiende peor que a los blancos. A los de Filadelfia, no. O yo, no. Sí se entiende peor a la gente con menos cultura, como pasa en todas partes, lo cual en esta ciudad coincide sospechosamente con las mujeres negras.

Total, que pasamos el domingo viendo desde el Independence Hall a la tumba de Benjamin Franklin, la famosa campana rajada símbolo de la ciudad (menuda chapuza de campana les vendieron los ingleses, para que luego digan de los chinos), y que es mucho más pequeña de lo que yo creía; viendo pelis documentales sobre las 13 colonias que se levantaron contra el Imperio Británico, capitaneadas por Virginia; y yendo de acá para allá para hacer colas, para comer o para lo que fuera. No debiera de tardarse tanto en hacer lo que hay que hacer allí, pero se lleva un día entero por lo mal organizado que está y la poca información que hay. Lo primero que hay que hacer, siempre, siempre, es ir al Independence Visitors' Center y allí pillar tus entradas -gratuitas- con la hora del pase para el que estás admitido, y como suele ser para un par de horas o más después, planificar el resto de actividades y colas para estar allí a la hora que te corresponde.

Las tiendas de recuerdos están bien surtidas, y no son caras (¡qué alivio, volver a una ciudad donde puedes comprar las cosas, y donde comes más o menos bien por mucho menos que en Madrid (hasta por 7€ te pones como el kiko)! Compramos unos facsímiles de la declaración de independencia, de la de los derechos humanos y de la Primera Constitución del mundo, esa que empieza por "We, the People..." y que fue redactada por Jefferson.
Pero hoy, horror, todos, absolutamente todos los museos, cerrados a cal y canto. De uno de ellos nos había avisado el conserje, pero de los otros no nos dijo nada, y colegimos que estaban abiertos... Pues no. Hemos pasado el día como hemos podido, porque con la ola de calor no resulta fácil andar por la calle. Si hubiera sabido que estábamos a sólo una hora de tren de Nueva York, quizá hubiéramos vuelto allí, ya que se nos quedó sin ver el Guggenheim en su momento, pero yo creía que serían como tres horas de tren (creo recordar que la Penn Station, de Nueva York, está al lado del Madison Square Garden). Bueno...

Y mañana nos vamos prontito a Boston, a ver qué pasa.

lunes, 18 de julio de 2011

NO PUDO SER (léase cagontóloquesemueve)

[En azul o en rojo los comentarios útiles para el viajero; en negro, los más personales]


Aquí el viaje cambió de rumbo completamente, porque esta "experta planificadora", que llevaba un año y medio planificando al minuto y al céntimo todo, se dejó una sola cosa sin planificar: el coche de alquiler para ir desde Québec a Chicoutimi/Saguénay - Tadoussac - Lac Saint Jean y luego cruzar la fontera de Estados Unidos por Maine y bajar hasta Boston recorriendo New England, por Vermont y New Hampshire.

Miré por internet distintas tarifas, modelos... No era caro, se podía asumir. Teníamos nuestros carnets de conducir internacionales en regla. No habíamos conducido nunca coches automáticos, pero todo el mundo dice que es taaaan fácil... Los coches llevan navegador pa torpes, yo me había imprimido en color, por si acaso, todos los mapas e instrucciones de Google Maps de cada uno de los trayectos seguros o posibles, en ambas direcciones, etc.

No parecía necesario reservar nada desde Madrid, además de que todo el mundo me desaconsejaba hacer tal cosa. Es verdad que, cuando ponías en la web de Avis, de Hertz, de Budget, que ibas a devolver el coche en una localidad distinta, se quedaba colgada, se volvía loca y tenías que salirte sin la información. DEBERÍA, TENDRÍA QUE haber levantado el teléfono o movido el culo y preguntar en persona en alguna oficina de alquiler de coches internacional un presupuesto aproximado. No lo hice. Soy de esas personas que cometen pocos errores, pero los que cometo son de tal calibre que compensan con creces mis aciertos. No es falsa modestia: no gasto de eso.

Sí sabía que el norte de Québec es una ratonera: ya no llega el tren, ni el avión; sólo hay carreteras que atraviesan bosques, ferries que atraviesan ríos... sólo coche y, en algunas rutas, autobús. También sabía, porque me había informado en los foros de viajeros de Trip Advisor, que no hay ninguna posibilidad razonable de llegar en transporte público desde Québec City (adonde, en cualquier caso, es necesario volver desde Tadoussac, Lac Saint Jean o Saguénay) y Boston. Ningún avión, ningún tren que tenga menos de cuatro escalas, de autobuses no sé, porque la página web de Greyhound Canadá funciona fatal y no informa apenas de nada. No hay nada. Sólo doce horas de coche, interrumpidas o no (más un pesadísimo paso de frontera). Sólo coche y yo sin asegurarme del precio.

Conque nos vamos a la oficina de turismo de Québec, donde preguntamos dónde se encuentran las oficinas de alquiler de coches de la ciudad; nos atiende un tío encantador y profesional que nos busca todo todo lo que le pedimos: direcciones, teléfonos, horarios de autobuses a Saguénay (donde tenemos ya este hotel reservado para dos noches), pensando que quizá es mejor ir en autobús y alquilar allí el coche para bajar hasta Boston, total así serán dos días de alquiler en vez de cuatro, menos gasto de gasolina y de aparcamiento, etc.

Y, con esa información, nos vamos a la oficina de Hertz, que es la que mejor nos pilla (y más barata que Avis, de lo que yo recuerdo de los tiempos en que negociaba estas cosas para la empresa en la que trabajaba). Nos vamos y preguntamos: precio de un alquiler de automóvil compacto (tamaño mediano), para cuatro días, con seguro a terceros (CDW o Collision Damage Waiver, todavía me acuerdo de la jerga), para recogerlo en Québec y soltarlo en el aeropuerto de Boston Logan. Respuesta: 1.500 CA$ (unos 1.200€, más 4 días de aparcamiento a un promedio de 16€ diarios, más la gasolina de conducir 12 horas, a razón de 0,97€ el litro). No puedo explicar lo que se siente, porque ciertamente un billete de avión Madrid-Boston, comprado sin ninguna rebaja, a su precio nominal, es mucho más barato. Y posiblemente sean también más baratos que eso dos billetes Madrid-Nueva York y vuelta, a nada que se mire un poco y se reserven con antelación. "Es por el sobrecoste de dejarlo en otra ciudad y en otro país", se disculpa la mujer. "Claro, claro", contestamos. Y nos vamos, cariacontecidos. Porque no se pede salir de allí sin coche, pero no podemos pagar el coche. Y tenía que haberlo previsto, lo siento.

En mi improbable descargo, decir que alquilar coches en Norteamérica es muy barato, lo hace todo el mundo habitualmente. Es más: muchas veces es incluso más barato comprar un coche de segunda mano y venderlo días más tarde, para lo que apenas piden papeles (recuérdese la escena del desfalco de la chica, en la película "Psicosis"). Un coche como el que queríamos, en round-trip (entregado y cogido en el mismo punto), no supera los 90 CA$ al día, así que, por cuatro días y aunque sea más caro entregarlo en otro sitio... No creía que superase los 500-600 CA$, a mucho tirar... Pero no lo pregunté. Pues sí: digamos que triplica esa cifra.

Así que, sobre la marcha, nos trazamos otro plan: no iremos a ver el fiordo del Saguénay (¿puede ser más bonito que el Sognefjord de Noruega, que ya conocemos?), ni a pasear en zodiac junto a las ballenas en el delta de San Lorenzo, ni a bañarnos en un lago-mar entre piceas y arces; ni atravesaremos los bellísimos bosques y parques nacionales de Vermont. Cambio abrupto de planes: anularemos la reserva en Chicoutimi y saldremos al día siguiente en avión desde Québec a uno de los dos únicos destinos internacionales con los que mantiene vuelos directos: Filadelfia. Es caro, sobre todo por la premura, pero menos que el coche; a eso hay que sumar tres noches de hotel en Filadelfia y un vuelo doméstico dentro de Estados Unidos -esos sí son baratos- para llegar a Boston el 19, ya que nuestro vuelo a España es el 20 por la tarde, y la noche del 19 debemos (y tenemos ya reservado) dormir en Boston. Viajar sólo de Québec a Boston sale casi igual de precio y es también con escala en Filadelfia, pues ningún vuelo es directo, así que decidimos hacer escala, sí, pero de tres días. A cambio de no conocer el Canadá más salvaje, el de la naturaleza pura, que tengo para mí que es el mejor, veremos una nueva ciudad de Estados Unidos: Filadelfia. Un viaje demasiado urbano y posiblemente demasiado largo, dada la descompensación de última hora entre lo urbano y lo rural. Pero es lo que hay. Estoy triste y frustrada, porque si bien es verdad que no era fácil de prever esto, yo TENDRÍA QUE haber hecho algo más que simplemente confiar en el famoso "Dios proveerá y verás cómo todo sale bien".

Por si le sirve a alguien: Nunca, bajo ningún concepto, si se puede hacer otro apaño, alquiles un coche en una ciudad y lo sueltes en otra. Y mucho menos si lo sueltas en otro país. Y muchísimo menos si lo coges en Canadá o Estados Unidos y lo sueltas en el otro, ya que ambos se odian (se nota en todo: en las fronteras tan antipáticas, en las escasas comunicaciones que hay entre ambos, con los miles de kilómetros de frontera que comparten... en todo). No lo hagas. Monta el viaje de otra manera, pero no hagas eso. Resulta que he estado haciendo un cálculo y hubiera resultado más barato alquilar un coche en Boston a nuestra llegada el día 4 de julio y no soltarlo en los 16 días de viaje, ahorrándonos trenes, aviones locales y transfers como el de la loca de Niágara, pero devolviéndolo en el mismo punto donde lo cogimos. Increíble, pero cierto.

Y yo que me vanagloriaba de lo barato que era el tren en Canadá... Y yo que me vanagloriaba de haber conseguido, con insistencia, un permiso por escrito del Servicio al Cliente de Via Rail, que me garantizaba el acceso a los trenes con equipaje voluminoso, cosa normalmente prohibida... Pero dije que iba a ser sincera contando todo, sobre todo lo que pueda ayudar a otros viajeros, y eso hago. Detesto a quien todo le sale siempre bien en las vacaciones y todo es perfecto siempre, porque las cosas, y lo dice una persona medianamente viajada, no son así. Pero se aprende, que básicamente es a lo que se viene a este mundo ¿o no?

Ya de muy joven, con 23 años recién cumplidos, me vi en una situación apurada, cuando me encontré con una huelga salvaje de todo el transporte público de Bélgica que me impedía salir del país. Yo no tenía ni carnet de conducir, y debía irme sin falta a Amsterdam, pues mi vuelo de vuelta a Madrid salía dos días después desde allí. Tenía billete de tren de ida y vuelta Amsterdam-Bruselas comprado y pagado, pero no podía usar la vuelta por la huelga, y el avión no iba a esperarme... Valoré distintas posibilidades: hacer autostop hasta Rosendaal, la frontera, y allí esperar al tren para el que tenía billete de vuelta y plantarme en Amsterdam; pero no me atreví. Al final, me fui a una empresa de esas de excursiones para turistas (transporte privado, o sea que no estaban en huelga), que organizaba una excursión de día completo en Amsterdam, compré un billete y dije lo que me pasaba y lo que yo iba a hacer: subir al autobús con maletas -nadie las llevaba-, bajarme en Amsterdam y no regresar al autobús, que no me esperaran. Así lo hice. Y me sentí bien de haber sabido solventar la situación siendo tan joven. Y me sentí aún mejor cuando fui a la Centraalstation de Amsterdam y pedí que me devolvieran el dinero del billete de vuelta de tren desde Bruselas que no había podido usar por la huelga. "Me van a mandar a la mierda", pensé, "porque ¿qué culpa tienen los holandeses de las huelgas que hagan los belgas?". Pues no: me devolvieron la parte proporcional del dinero, que era parecida a lo que me había gastado en mi excursión improvisada. Esas cosas espabilan, hacen crecer, despejan la mente, y nunca sabrías de qué eres capaz si no te ocurren.

El caso es que cogimos un avión de US Airways en Québec, y lo soltamos apenas dos horas más tarde y con el asa de la maleta rota, en Filadelfia. Naturalmente que fuimos a reclamar, pero nos dijo una borde que las asas y las ruedas no están incluidas en el plan de compensaciones, sin pedirnos siquiera disculpas; bueno, ya he puesto una queja en el Servicio al Cliente de US Airways, a ver qué me dicen: el que no llora, no mama [adenda de 25 días después: me contestan muy amablemente en US Airways que, en efecto, las ruedas y las asas no entran "porque se rompen mucho" (sic)]; lástima que ya no tenga ningún contacto con aquella comercial tan simpática de U.S. Airways que me visitaba en la empresa (no en vano, teníamos la sede estadounidense en King of Prussia, Filadelfia), Rita Moreno se llamaba, como la actriz, y era un encanto absoluto.

Antes de que nos diéramos cuenta, estábamos ante el amable empleado de seguridad de fronteras, poniendo los diez deditos sobre el cristalito verde, y la jeta en la webcam, y contestando preguntas como cuánto dinero efectivo llevamos, si portamos armas o sustancias prohibidas, qué profesión tenemos, para qué entramos en Estados Unidos y cuándo nos vamos a ir, etc. Lo de amable lo digo de verdad: se lo toman muy en serio y tardan mucho en hacer todo tipo de averiguaciones: miran el waiver veinte veces, pasan el pasaporte dos o tres veces por distintos lectores y luces de colores, miran qué otros destinos has tenido... pero son educados y correctos, cosa que NO se puede decir en modo alguno de los empleados de fronteras canadienses. Y esto me ha pasado tanto en Nueva York, como en Boston, como ahora en Filadelfia. Al parecer las fronteras terrestres son otra cosa, pero yo hablo de lo que conozco.

domingo, 17 de julio de 2011

QUÉBEC (léase Kebék)

[En azul, los comentarios útiles para el viajero; en negro todos los demás]


Aaaah, la "vie de château", lo que nos gusta a todos, y qué pocas veces tenemos la oportunidad de vivirla de verdad. La primera vez que leí esa expresión fue en "Habla, memoria", la autobiografía de Vladimir Nabokov, tan circular como su vida, pues multimillonario nació en la Rusia previa a la revolución y multimillonario murió en la vieja Europa, en su villa de Montréux, junto al lago Léman, en Suiza.

Eso sí: antes de eso se arruinó por completo dos veces, aprendió a escribir en una lengua que le resultaba totalmente ajena, como el inglés (¡y qué dominio, oigan!), puesto que su educación había sido bilingüe en francés y ruso, recorrió varias universidades norteamericanas enseñando Literatura, fue desterrado de facto por la puritana sociedad nortemericana cuando se le ocurrió publicar esa joya llamada "Lolita", etc. Pero sí: Nabokov cuenta, y es verdad, que de niño y de viejo vivió una "vie de château".

Yo he vivido dos días más o menos de château, aquí en Québec, en el Fairmont Château Frontenac, uno de los hoteles más bellos y fotografiados del mundo, y podría ser que el más histórico. De nuevo un ofertón, pese a no ser barato ni con oferta, pero tengamos en cuenta que es un hotel de jeques y de millonetis mejicanos, creo que con eso está dicho todo. La leche en bote de suite, oigan. Con vistas al Río San Lorenzo (Saint Laurent, lo llaman aquí).

El río San Lorenzo es el tercero mayor de América del Norte, tras el Mississippi y el Colorado. Aquí, a su paso por la ciudad, es muy pequeñito y estrechito (bueno...), no en vano "Québec" significa en iroqués "donde el río se estrecha". Pero es que luego, más adelante hacia el mar y en su delta, es un mar auténtico. A pesar de ser estrecho en esta parte, debe de ser profundo, pues hay fondeados unos trasatlánticos y cargueros bestiales, que necesitan mucho fondo. Enfrente, en la otra orilla, a diez minutos de ferry, está Lévis, la orilla "pobre" de Québec, y un poco más adelante la Île d'Orléans.

Esta es la ciudad donde se fundó el Canadá, en 1608, por el explorador francés y héroe nacional canadiense Jacques Cartier, que encontró una ferocísima oposición por parte de las dos tribus de indios que vivían por estos lares: los iroqueses (sociedad matriarcal tremendamente salvaje) y los kanatas, algo más pacíficos, y que dieron el nombre al país. Cartier no vivió lo suficiente para ver su ciudad caer en manos de los ingleses y volver luego a manos francesas, para convertirse en la que sería llamada Nueva Francia.

Québec es estado (aunque ellos lo llaman provincia, a mí me cuesta llamar provincia a "algo" que tiene una extensión de tres veces Francia), y también es esta ciudad, la capital de la provincia o estado, llamada en inglés Québec city y en francés, idioma absolutamente único aquí, La Ville de Québec. No se habla nada más que francés, y bendito dios qué francés... Ni Juan ni yo tenemos ningún problema para hacernos entender en Francia, pero esto es imposible del todo. Ya me lo había advertido mi compañera profesora de francés: "te diré que, cuando ponen en la tele francesa pelis o series québecois, las tienen que subtitular, así que calcula". Bueno, con decir que hasta traducen al francés las señales de Stop -cosa que no hacen ni en Irán- y aquí pone "Arrêt". Es cierto que en Méjico también las traducen y pone "Alto" o "Pare", pero no es lo común, la verdad.

La bandera de Québec, blanca con dos grandes bandas azules que forman una cruz y la dividen en cuatro cuarterones rellenos por otras tantas flores de lis borbónicas, también azules, ondea absolutamente sola, en el Ayuntamiento y en todas partes, sin acompañar casi nunca por la bandera de Canadá, la famosa y original de la hojita de arce color rojo. Québec no se siente canadiense; un grandísimo porcentaje de su población (el 43% en el último referéndum de los dos que se han llevado a cabo) quiere la independencia del país. Y, de momento, dan por saco con las estrategias propias de estos casos: su bandera, su idioma (francés, sólo porque el resto del país habla inglés), y su religión (profundamente católicos, sólo porque los vecinos de Ontario y Labrador son protestantes). El hecho diferencial, ya saben.

Bueno, a lo que vamos: aquí vive el recientemente galardonado premio Príncipe de Asturias, el cantautor y artista Leónard Cohen. En el estado, no en la ciudad de Québec, sino en Montréal, vive también la cantante nacional canadiense, que no es Alanis Morisette, roquerillos míos, sino Céline Dion. Y en Québec se inventó un juego al que todos hemos jugado alguna vez: el Trivial Pursuit. En Québec nació esa delicia (puag) gastronómica que se llama poutine, y que es una torre de patatas fritas en grasa animal coronada con queso fundido y salsa de carne, todo muy light. Y de aquí es el dulce nacional, el famoso y empalagoso jarabe de arce, que lo encuentras por doquier: en forma líquida, sólida y gaseosa; en forma de piruletas con la hojita de arce o bañando repugnantes palomitas de maíz; en pasteles, recetas saladas, caramelos, helados...

No confundir el arbolito arce (muy parecido en la forma de sus hojas al plátano de sombra de toda la vida), con el animalito típico de la tundra, el alce, que es un ciervo de cornamenta ancha y cara simpatiquísima, con fama de tonto; no en vano en inglés canadiense dicen "to do the moose" (hacer el alce), con el sentido que nosotros damos a la expresión "hacer el ganso" o "hacer el memo".

Llegamos aquí en tren desde Montréal, tras tres horas y diez minutos de incómodo viaje por el horrendo aire acondicionado que hay en todas partes, sobre todo cuando ellos consideran que hay ola de calor. Lleva siempre una chaqueta o jersey en los trenes y estaciones, o te amargarán la existencia. Es simplemente acojonante constatar que esta gente es capaz de enfriar una enorme estación de ferrocarril de techos altísimos hasta que el termómetro marque SU temperatura de confort, esto es 14ºC, mientras luego te dicen que no te lavan las toallas si no las pones en el suelo del baño de tu habitación, para preservar el planeta y sus recursos naturales. Madreparió.

La estación de Montréal es todo lo contrario que la de Toronto -claro- y se parece mucho más a una estación de tren europea, donde hay de todo: cientos de tiendas, restaurantes, etc. Creo que es lo más apasionante que tiene Montréal, jaja. La de Québec city es pequeña y monina, y cuando viene un tren tienes que hacer una larga cola para coger un taxi, porque la media docena de taxistas que hay en la ciudad no da abasto a recoger a todos, y hacen varios viajes.

El Château Frontenac impresiona desde fuera y por dentro: su recepción es un hervidero de gente, no en vano deben de tener llenas sus 864 habitaciones: los tres conserjes y cuatro recepcionistas no dan abasto a atender huéspedes. Un perrazo negro, huésped permanente del hotel, se pasea por la recepción y hunde el hocico en las espesas alfombras: se quedó a vivir aquí, cedido por una asociación de perros-guías para ciegos, y todo el que quiere lo saca a pasear, lo acaricia o juega con él. Está muy bien educadito, tiene su propia chapa de empleado del hotel, tarjetas de visita y dirección de email. Qué cosas. 


Nos dan una suite por un error suyo, porque teníamos reservada sólo una habitación superior. Estupenda, sí señor, pero con algunos fallitos, como el baño un poco antiguo, no hay caja de seguridad y no te ponen albornoces si no los pides (por supuesto, los pido). Como da al paseo que bordea el río, un paseo precioso de piso de madera y quioscos de música novecentistas, las ventanas tienen mosquiteras.

Este hotel es famoso por muchas cosas, por sus distinguidos huéspedes (yo, sin ir más lejos), pero en eso no se diferenciaría mucho de otros hoteles de categoría. Lo que lo hace definitivamente distinto es la historia que encierra, concretamente el mes de agosto de 1943. ¿Qué pasó aquí entonces? Pues nada menos que aquí se mantuvo una conferencia internacional de alto nivel entre Churchill, McKenzie y Roosevelt y aquí se planificó cuidadosamente el desembarco de Normandía, principio del fin de la Segunda Guerra Mundial, como sin duda sabes.


Es curioso, pero ahora me parece que es como si se cerrase un círculo: hace exactamente 20 años, en el verano de 1991, anduve por el norte de Francia (Normandía, Calvados...) y visité entonces toda la zona del desembarco: el Museo del Desembarco que hay en Arromanches, las playas aquellas de Sword, Juno y Omaha, todavía con restos de metralla pesada enterrados en la arena (son intocables: nadie más se ha vuelto a bañar allí ni puede tocar nada), los puentes de madera que construyeron los soldados para desembarcar los carros de combate, y que están medio hundidos en el agua, y los cementerios alemán y americano, impresionantes ambos, aunque mucho más famoso y retratado el segundo, lleno de cruces de mármol blanco -y alguna estrella de David-, tan juntas que la cosa sólo cobra sentido cuando un guía te explica que los soldados están enterrados de pie. Aquello fue el resultado del día D, y ahora, veinte años después, asisto a miles de kilómetros de allí al lugar donde se gestó aquello.


El caso es que en agosto de 1943 -cuando todos los inquilinos de las cruces blancas aún estaban vivos, y eran jóvenes y pensaban en sus chicas- el hotel fue requisado por el gobierno canadiense, su director fue conminado a echar, literalmente, a los 800 huéspedes que tenía -algunos eran inquilinos fijos y tenían allí sus propios muebles- y a cancelar y no admitir reservas hasta nuevo aviso. Todo tenía que ser hecho de forma absolutamente confidencial y dando las excusas más peregrinas. Poco después, casi 700 personas de séquito de los tres dignatarios mencionados antes invadieron el hotel, repartiéndose los pisos según las nacionalidades: los pares desde el 16 hacia abajo, para los norteamericanos; los impares desde el 15 para abajo, para los ingleses; la planta 4ª para las reuniones, y a los canadienses no sé ande coño los metieron, se irían a casa de la suegra, supongo.


Los servicios de seguridad curraban las 24 horas del día, y las cocinas servían unas 2.000 comidas diarias. La ciudadela amurallada de Québec (olvidé decir antes que esta es la única ciudad amurallada que hay al norte de Méjico) fue adornada con unas baterías antiaéreas monísimas y todo ello en la más absoluta confidencialidad. Y yo voy y me lo creo. El caso es que un buen día de los 15 que duró la conferencia, nuestros tres amigüitos pintarrajearon en unas servilletas de papel del bar el plan del Desembarco del día D, decidiendo todo: día, hora, tropas y medios necesarios y espía que confundiría a los alemanes haciéndolos creer -ya que era imposible que no se enteraran- que el desembarco sería un poco más arriba, en la costa de Dunkerke, casi en Bélgica (casi todos sabréis que dicho espía, absolutamente crucial en el éxito de la misión, fue un español). PERO o bien habían bebido demasiado, o bien son ELLOS y no nosotras quienes pierden las cosas, el caso es que los muy... se dejaron olvidadas en el bar las servilletas con el plan del desembarco dibujado en ellas. En serio. De hecho, un camarero salió corriendo tras ellos diciéndoles: "se dejan ustedes esto, a ver si les va a hacer falta...". Pa mear y no echar gota, la historia.


Y esa es la historia del Frontenac. En cuanto a la ciudad, decir que es una preciosidad absoluta para bolsillos privilegiados. Mira mucho, mucho, mucho dónde pones tu culo para comer, cenar o desayunar. Yo te recomiendo un sitio dignísimo, con variada carta y muy buen servicio, que tiene un precio asequible; se llama Buade, y está en la calle del mismo nombre, cerca del château. Recuerda que todos los precios, que ya de por sí son un disparate, deben ser incrementados en aproximadamente un 13% + otro 3%, más un 15% de propina obligatoria. Un ejemplo: cena de un plato de macarrones con chorizo (lo del chorizo lo juro por mis niños), una pizza, dos mousses de chocolate, una cocacola y una cerveza, 78 CA$ (unos 65€). Y no era, ni de lejos, el sitio más caro, sino de los medios.


La ciudad tiene una animación tremenda, de día y de noche, hierve de turistas y de jóvenes con ganas de juerga que trasnochan a la española, hasta las tantas de la madrugada. Es una belleza de sitio, de verdad que sí.

miércoles, 13 de julio de 2011

MONTRÉAL ((léase Monggggueál)

[En azul, como siempre, los comentarios más útiles para el viajero; en negro todo lo prescindible]

Bueno, pues ya estamos en Montréal (los quebecoises lo pronuncian sin la 't'), y parece una auténtica pérdida de tiempo haber venido. Y no sólo de tiempo, a juzgar por los precios. Pero ¿existe doquiera una ciudad más fea que ésta, por los dioses? Pero fea, fea, fea que te kagas, el paradigma de la fealdad. Igualita que sale en la peli "Incendies", comentada en otra entrada de este blog.

Y encima el hotel es malo. Ya sabía que no tenía ningún lujo, dados los precios que se barajan por aquí, pero no me esperaba esta cosa casi miserable, la verdad. Se llama muy pomposamente Les Suites Labelle, pero firgensanta... Vamos, que ni procede pasar un ratejo en la piscina, o simplemente leyendo en tu cuarto. Bueno, tiene una cocinita, que sirve para gastar algo menos de dinero fuera de aquí, por las noches, comiendo cosas más sanas compradas en un super cercano, y tiene wifi gratis en la habitación, y tiene desayuno americano que aún no sé qué tal será, pero nada más. Puag.

Yo sé que ni dios me va a hacer caso y que no servirá de nada lo que diga, pero, si en vuestro viaje a Canadá andáis cortos de días o de dinero, o largos de buen gusto, ahorraos el disgusto y no vengáis a Montréal, por favor. Me lo agradeceréis. Ya, ya sé que cómo va a ir uno tan lejos y no ir a una ciudad tan conocida (quizá la que más del país), pero es tal como os digo: mejor os la saltáis. Algunos datos:

Bloques de edificios feos, de hormigón gris, de un promedio de 8 alturas, sin encanto ninguno, uno tras otro. Estética estalinista. Ruido, mucho ruido. Gente triste, menos amable que en otras zonas de Canadá (por cierto que me ha sorprendido muy agradablemente lo encantadores que son los canadienses por término medio); quizá los pobres están desquiciados por la ola de calor que hay, un calor húmedo, propiciado por el incipiente Río San Lorenzo, cuyo curso seguiremos obedientes a partir de ahora hasta su delta, en Tadoussac. Sales a pasear por un barrio teóricamente bonito y turístico, como es el Vieux Montréal, y es viejo, sí, pero como de los años 60 ó 70, o sea que vaya vejez. Es como ponerte a pasear por el Barrio de la Concepción o por Legazpi, por decir dos sitios estúpidos para pasear.

Otro dato: dos menús turísticos de calidad media, sin vino: 58 CA$ (unos 47 euros), incluidos los dos impuestos y la propina obligatoria del 15%. Un menú "deluxe" (sin nada de lo que nosotros consideramos deluxe, salvo un vino malo, costaba 87 CA$ (unos 78 napos) por persona. ¿Cómo lo ves? Mira si ellos mismos estarán concienciados de lo carísimos que son los restaurantes, que en la mayoría te permiten llevar tu propio vino y consumirlo allí, de verdad.

Joder, si hasta el río es feo. Andevapará lo bonito que han puesto el Manzanares... No lo han arreglado con gota de buen gusto. Han puesto en el Quai Jacques Cartier unos puestecillos callejeros con baratijas, amarrado DOS barquitos, y ya. Al fondo se ve la curiosa cúpula-pagoda oriental del Cirque du Soleil, que tiene aquí su origen y su sede permanente (ahora sé por qué viajan tanto y se mueven más que la compresa de una coja).

Para ser justos, nos ha gustado mucho -por dentro, que por fuera parece una fábrica- la basílica católica de Nôtre-Dame, en ese estilo neogótico que les es tan caro, con tanto dorado, tanto color fuerte y tanta filigrana que ya no sabes si estás en Santa María sopra Minerva de Roma o dónde, pero que la verdad es que es muy bonita.

Cerca de ahí hay un mercado cubierto, el Maché du Bon-Secours, con cosas fisnas, regalitos, ropa cool, artesanía inuit, que tiene artículos originales y no muy caros, así que he compado ahí los recuerdos para casi toda la familia. Y ya está. No hay más. Por lo menos, no por fuera. Mañana, que seguirá el intensísimo calor, nos encerraremos en uno o dos museos con aire acondicionado, esperando que pase el tiempo, y ya está. Cifro todas mis esperanzas en Québec City, a ver si no me defrauda.

Un besote especial a mi amigo Carlos y a mi amiga Elvira Vanderbilt, que veo que me siguen.

lunes, 11 de julio de 2011

OTTAWA (léase Áraua)

Bueno, pues ya hemos llegado a la capital federal, perfectamente limpia, pulcra y bilingüe. Estamos al norte de Ontario, justo en la fontera entre dicho estado (anglófono) y el de Québec (francófono), que se ve al otro lado del río Ottawa, en lo que es el correlato de la ciudad de Ottawa, pero en francés, llamada Gatineau.

El viaje en tren desde Toronto fue mucho más cómodo y menos accidentado, y menos mal, porque duró cuatro horas y media. El tren era de Via Rail, no de Amtrak, con los asientos también amplios y comodísimos, y dos tercios del pasaje, incluida yo, iba usando la wifi gratuita, bien en sus portátiles o en sus blackberries. Aproveché también los enchufes del tren para recargar los móviles y el netty.

Lo único malo que tengo que decir es que la Union Station de Toronto es un desastre, donde no hay ni una maldita cafetería para desayunar (y nos hacía falta, porque salimos del hotel sin hacerlo, por llegar a tiempo). Lo único que hay es un puestecillo ambulante (en toda la estación: lo juro, es alucinante), con café, refrescos, alguna fruta y unos muffins (magdalenas gigantescas con relleno de cosas variadas). Te lo compras, pagando exclusivamente al contado (nada de tarjetas en ninguna estación canadiense, ni en ningún taxi: esto no es Estados Unidos), y te lo comes como puedes sentado en un banco, sin mesas, apoyándolo en tus rodillas y poniéndote perdido de migas y lamparones. No hay NADA en las estaciones: ni prensa, ni regalitos, ni librería, ni cafeterías, ni restaurantes, nada. En el tren tampoco hay cafetería como tal, sino un señor que pasa con un carrito con lo más simple: unos sandwiches, un café, un bollito, unos refrescos... Y, por supuesto, pagas al contado.

En este trayecto era obligatorio facturar el equipaje voluminoso, que luego te devuelven en destino, haciendo una cola muy pesada. Tras recuperar el equipaje a la llegada a Ottawa, fuimos a comer algo (unos bocatas calientes y una ensalada de pasta apestosa), todo carísimo y al contado, porque eran ya pasadas las 2.

Hago tanto hincapié en lo de que todo se paga al contado, porque me he quedado sin cash, no tengo ya apenas dólares canadienses, mientras que me sobran los estadounidenses, que veré de cambiar por los primeros, porque en USA sí que pagas con tarjeta hasta un sandwich. El caso es que teníamos que coger un taxi hasta el hotel, porque la estación está a 7 km del centro, y yo no estaba segura de tener suficiente para pagar al contado la carrera, depende de lo caro que fuera, así que hemos tenido que sacar pasta de un cajero, que es lo último que hace un buen viajero, porque te aplican un cambio horroroso y dos docenas de cargos extras y comisiones, pero no había más remedio. [Actualización posterior: Es importante que antes de salir de tu país preguntes en el banco donde tienes cuenta cuáles son los bancos asociados que tienen en el país donde vayas, por ejemplo el asociado del Banco Santander en Estados Unidos es Bank of America, porque en esos cajeros no te cobrarán comisión]

Así que fuimos a un cajero de esos (en Norteamérica los llaman ATM, Automated Teller Machine), y no están situados físicamente en bancos, sino en comercios variados que los alojan, que pueden ser perfectamente una frutería o una farmacia; el comercio pone la pasta y luego le cobra al banco que sea la comisión correspondiente. Si tu tarjeta 4B es Mastercard, que es lo más normal, no tendrás problema para obtener dinero en cualquier cajero.

El Novotel de Ottawa, donde nos alojamos, está muy bien, aunque es sólo un tres estrellas, pero la situación es magnífica y es muy nuevo, no tendrá ni dos años; tiene piscina cubierta con guacuchi, y una decoración bonita y funcional, parecida a la de los hoteles AC de España. ¡Y tiene wifi gratis en la habitación, guau!

Salimos a conocer la ciudad, que por este lado es fea y antigua (lo cierto es que la habitación tiene unas vistas horrendas), pero cerquísima de aquí, a cinco minutos andando, está la Rideau Street, animadísima, y un poco más allá el Rideau Canal, un canal del río Ottawa, lleno de esclusas, que cuando esto se hiela por completo en invierno, se convierte en la pista de patinaje más larga del mundo, con más de 20 km. Pues al otro lado del canal, no veáis lo que hay, buf: unos jardines flipantes llenos de edificios neogóticos con un gusto exquisito: el Parlamento, el Ayuntamiento...

No sabes bien dónde estás, con esos arcos ojivales, las fachadas de ladrillo visto... ¿Es esto París con esas mansardas abiertas en el tejado de pizarra? ¿Es Praga, con los tejados dorados y rojos? ¿Copenhague con sus estatuas de cobre verde? ¿Es Londres, con esa réplica del Big-Ben? Pues no: es Ottawa.

De vuelta al hotel nos ponemos ciegos a comer una comida riquísima, deliciosa y a muy buen precio, en un pub irlandés con terraza al aire libre, con una brisa maravillosa, una temperatura perfecta y rodeados de macizos de flores. Parece que esta ciudad es la mitad de cara que Toronto, qué cosas. Me está gustando...

Al día siguiente, tras meternos un desayuno buffet con -por fin- croissants franceses (ya se nota la influencia gabacha por aquí), nos fuimos a ver el cambio de guardia. Atento, que te voy a decir dónde te debes colocar para verlo todo fantásticamente:
La ceremoña en sí dicen que empieza a las 10, pero empieza cinco minutos antes, y dura hasta las 10:30, o sea 35 minutos. Como hay poco turismo en esta ciudad, incluso en verano, es fácil coger un sitio privilegiado presentándote allí tan sólo a las 9:45. Vas a la zona monumental, donde está todo; buscas la Peace Tower, que es una réplica casi exacta del Big-Ben, pero con bandera canadiense encima, y miras los parterres que hay justo enfrente. En esos parterres de césped perfecto van a hacer la ceremonia de cambio de guardia más vistosa que he visto nunca, y mira que me he comido ceremonias así: en Londres, en Copenhague, en Atenas...
Colócate justo enfrente de la torre, tras la soga de seguridad, donde veas un militar que está allí para evitar que la gente asfixie a los soldados que desfilan. Te echarán de allí, trasladándote un poquito, porque justo por ese punto entran y salen los soldados que desfilan, que vienen desde la calle, pero te quedarás en primerísima fila, echando con el culo a los de atrás, para poder verlo, fotografiarlo o filmarlo (aconsejo lo último).
Cada día de la semana desfila un destacamento de soldados de dos de los estados canadienses; hoy lunes tocaban los de Manitoba, que son como los leperos de Canadá, y el regimiento Halifax de Nova Scotia (lo pronuncian Nova Scosha), que yo creo que es lo que lo ha hecho más atractivo, porque van todos vestidos de escoceses, tocando sus gaitas maravillosamente, etc. Los manitobenses también tocan música: trombones de varas, oboes, pífanos... Es absolutamente espectacular, aunque no te gusten nada estos fastos. No hay que perdérselo.
Luego hemos ido a una carpa blanca con tres puntas que hay por allí cerca, donde te dan una fichita para la siguiente visita guiada al Parlamento que haya disponible. Puede que sea una buena idea, si se llega con tiempo, reservar primero la visita, luego ver el cambio de guardia y luego entrar a la visita, pero bueno... Hay muchos guías y muchas visitas disponibles, la mitad en francés y la mitad en inglés; raramente hay que esperar más de una hora, que la pasas rápidamente haciendo fotos en los espectaculares jardines.
La visita es muy interesante, gratuita y guiada; dura 1 hora neta, pero hace falta calcular media hora más para los periodos de espera y para los férreos controles de seguridad, amabilísimos pero implacables, peores que los de un aeropuerto. Se visita la House of Commons (Cámara de los Comunes o Congreso de los Diputados) y el Senate (Senado), así como otras dependencias muy interesantes, incluida la visita en silencio absoluto y sin posibilidad de tomar fotos de la Biblioteca del Parlamento, una de las más bellas que he visto en mi vida.
Una cosa que me ha llamado la atención es que ellos, como país perteneciente a la Commonwealth, se consideran una monarquía, y a la reina de Inglaterra la llaman "su soberana"; sus retratos lo inundan todo, y se les hace el culo pepsicola hablando de la monarquía, como les pasa a todos los americanos. Mientras que en los países verdaderamente monárquicos, como el nuestro, la gente está hasta la punta de los pelos de los reyes, en los que nunca han tenido una monarquía, les encaaannntaaaaa. Es tan bonito el asunto ese de los príncipes y las princesas, snif. }:-)
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¿Era esta la "araña negra" de la que hablaba Blasco Ibáñez?
Bueno, otras cosas que hemos visto son la Catedral de Nôtre Dame, católica (claro), con una bóveda de lo más kitsch, azul oscura que simula el firmamento tachonado de estrellas, y la National Gallery, con sus bóvedas y chapiteles todos de cristal, originalísimos,pero donde no pudimos entrar, a pesar de haber una interesante muestra de Caravaggio, porque llegamos justo a la hora de cerrar, las 17 h. Hay una estatua cachondísima por la zona, de una araña asquerosa gigantesca, llena de huevos, a la que he hecho una foto con el fondo de la Catedral, en homenaje cáustico a Blasco Ibáñez y su obra "La araña negra", a mayor gloria de Dios.
Mañana salimos para Montréal. Cambiamos de estado, de Ontario a Québec; y de idioma, de inglés a francés. Cagontólomásbarrío, ahora que ya estaba empezando a entender algo...

domingo, 10 de julio de 2011

TORONTO (léase Trónno)

[En azul, la información más útil para los viajeros; en negro, la personal o inútil.]


Toronto no es la capital administrativa, aunque sí la financiera, y además es la ciudad más grande de Canadá. Tiene un número de habitantes muy próximo al de Madrid capital: 4.500.000, con la particularidad de que sólo uno de cada cuatro habitantes de Toronto es canadiense, porque esto está, literalmente, tomado por los extranjeros, muy especialmente por los orientales. De cada cuatro personas que te cruzas, dos son orientales, y una es de cualquier nacionalidad menos canadiense. Hay muchísimos indios y bastantes estadounidenses. Pero primero vamos a ver cómo hemos llegado aquí:

Tomar un tren de Via Rail en Niagara Falls no es nada fácil, sobre todo si, como el nuestro, venía desde Nueva York. La estación es muy pequeñita, casi sin servicios de ningún tipo; tiene apenas dos llegadas y dos salidas al día, hay que ir a ella en taxi... un rollo todo. Pero lo peor, con mucha diferencia, es ¡que es un puesto fronterizo! Sí, en efecto. Los viajeros que vienen desde Nueva York, se bajen o no en Niagara Falls, pasan ahí la aduana. Y pasar la aduana no es un mero trámite entre estos dos países, que van a ver quién putea más a los nacionales del país vecino, lo juro.

Los aduaneros, acariciando sádicamente sus pistolas, echan para adentro a todos los viajeros que esperan en el andén, y nos meten en una calurosa salita de espera pequeñísima, atestada, donde casi todo el mundo espera de pie porque no hay sitio. Necesitan intimidad para su importante misión. Llega el tren, que es de la Amtrak (empresa nacional de ferrocarriles estadounidenses), en código compartido con Via Rail. Como llega 15' antes de la hora anunciada de salida para Toronto, y yo tengo en la cabeza el modelo europeo de puntualidad absoluta, me digo que la inspección aduanera no debe tardar más de 15'. Je.

Una hora y veinte más tarde de su hora de salida oficial (con dos cojones: si pasa eso en Europa hay un motín popular), el tren efectúa su salida. De ese tiempo, he pasado una hora a pie firme haciendo una cola absolutamente absurda, porque pensaba que no podría sentarme durante las dos horas que dura el viaje (ya tuve una amarguísima experiencia en ese sentido yendo de Copenhague a Odense, y no lo he olvidado); en estos trenes pequeños no se pueden reservar los asientos, y hay muchísima gente que va a montar, más los que ya venían y no bajan aquí. Pero no sirve de nada, porque cuando por fin los temibles aduaneros dan el permiso para embarcar, primero llaman a los de business, luego a las personas mayores de 60 y a las familias con niños... Y luego a todos los demás en desbandada, sin guardar el orden de la cola.

Los aduaneros han levantado hasta la moqueta del vagón buscando algún virus desconocido. Un gorrioncillo lleno de piojitos, al que se la sudan completamente los aduaneros, y que pasa su peligrosa mercancía de un país a otro varias veces al día sin que nadie lo inspeccione, da alegres saltitos por el andén. No sé por qué ese empeño en que no pasemos de un lado a otro cosas orgánicas, semillas, comida y todo eso. NOSOTROS somos orgánicos. Incluso diría que, desde el punto de vista de un oso canadiense, somos comida. Nuestra epidermis suelta células vivas, llevamos barro en los zapatos, caspa en el pelo, mierda en las uñas, quizá un pañuelo con mocos lleno de virus... Pero no podemos pasar un paquete de galletas y, para buscar a ver si alguien lleva galletas, hay que salir una hora tarde. Bueno, hemos conseguido asientos, pero separados, algo es algo.

Los trenes de Amtrak son muy amplios y los asientos muy cómodos: puedes estirar totalmente las piernas y llevar un equipaje pequeño delante de ellas, y aun así, no te tropiezas con nada. Se reclinan mucho, tienen apoyapiés y un enchufe en el que puedes ir cargando el PC o el móvil; se supone que tienen wifi, pero no conseguí pillarla. Todo esto en clase turista. Los servicios son inmensos, se puede bailar el vals en ellos. El tren avanza despacio, a veces se para y deja paso a otros trenes. Pita mucho. Parece realmente el tren de Arganda. Es un servicio tercermundista, pero con asientos cómodos y modernos. La puntualidad es una entelequia.

El paisaje es feorro: bosquecillos sin encanto se suceden con ciudades industriales; parece que, por carretera, el paisaje es muchísimo más bonito, puesto que la carretera bordea el sector occidental del lago Ontario; no así la vía del tren. La única ventaja, aparte de la comodidad, es que es baratísimo. Pero escandalosamente barato, vamos; si te vas a coger un taxi desde y hasta tus estaciones de origen y destino, y el trayecto en tren es menor de dos horas y lo compras en clase turista por Internet, muy probablemente te gastes más en los taxis que en los dos billetes de tren. Llegamos tardísimo, casi de noche, a la Union Station de Toronto.

El hotel Metropolitan está bien, pero mucho más lejos de la estación de lo que señala Google Maps, y cuesta arriba, por eso llegamos andando, agotados, hambrientos y de noche. La habitación es cómoda, en el piso 24, pero muy pequeña, parece un hotel de Roma. El hotel me lo ha recomendado mi hermana, que se aloja aquí las dos veces al año que viene a Toronto, y encima he pillado una oferta de 3X2 acojonante, que lo hace bastante económico.

Toronto sorprende, sobre todo al salir de la estación, situada al sur de la ciudad, como el lago Ontario y como la CN Tower (torre de la TV), por la enormidad de sus rascacielos de cristal, estética Le Corbusier. Son igual de altos o mayores que muchos de los de Nueva York, pero con un gusto exquisito, nada vetustos, ni grises, ni vulgares, ni feotes, como aquellos otros (salvando a mi favorito: el de la Chrysler entre Lexington y la 42nd), sino con unos diseños acojonantes de bonitos.

Por lo demás, ha sido desagradable constatar lo grandota que es la ciudad, lo mal comunicada que está, salvo la almendrita interior, donde por suerte nos alojamos, y lo carísima que es. Cuando digo carísima me refiero a precios de Madrid o incluso algo superiores, lo cual en Norteamérica es algo exagerado. Vamos, algunos artículos exactos que vimos en Boston cuestan aquí el doble justo, teniendo en cuenta encima el cambio menos favorable. Y Boston no es precisamente la ciudad más barata de los Estados Unidos...


Por la mañana, tras desayunar un buen buffet, nos vamos a la CN Tower, desde donde tradicionalmente se ve "Torontontero". Cogemos el metro, que sólo tiene dos líneas y es muy caro (10 CA$ cuatro billetes, que no son billetes, sino fichitas metálicas redondas, llamadas Token, y que si compras sueltas cuestan cada una 3 CA$, unos 2,5 euros), y vamos a Union Station, desde donde sólo hay un corto paseíto. La subida a la torre tiene un precio escandaloso, pero es como la subida a la Torre Eiffel: hay que subir o no has estado en París.


Hay una cola medianeja, asumible, por temas de seguridad. Vamos pasando cual manada de ovejas, de uno en uno, a que unos escáneres corporales nos registren; son muy cachondos, porque te meten en una cabina transparente y te pegan unos soplidos o bufidos de arriba abajo a lo largo de todo tu cuerpo ¿? Luego ya se sube por grupos en los ascensores panorámicos; como nos hemos quedado justo los primeros para el siguiente ascensor, me cojo el mejor sitio y grabo en video toda la subida.


La CN Tower de Toronto es la estructura habitada más alta del mundo, con sus 535 m. Tiene arriba, cómo no, un restaurante panorámico y una serie de miradores, el mejor de los cuales es el cubierto, porque el vidrio de seguridad no impide ver y fotografiar todo perfectamente, cosa que sí impide la tupida malla del mirador al aire libre. Hay también dos pequeñas zonas a las que llaman "el suelo de cristal", y es eso exactamente: vidrios de seguridad en el suelo, y Torontontero a tus pies. La gente se tumba en ellos e intenta sin mucho éxito hacer una foto imposible, por la diferencia de luz, de foco y de perspectiva entre la figura humana y el suelo de la ciudad, allá abajo. Es una experiencia interesante subir, creo que se debe hacer, aunque sea caro.


Luego nos vamos a pasear por el borde del lago Ontario (el inmenso lago Ontario, a pesar de que es el menor de los 5 grandes lagos que hay por la zona (el Michigan, el Superior...), todos comunicados entre sí por brazos y ríos. "Ontario" significa en iroqués "agua que brilla", y el lago parece limpio, aunque en mi guía Lonely Planet dice que está nauseabundo y que no se te ocurra bañarte. El paseo externo, muy bonito y arreglado, cuenta con bancos para sentarse, jardines, restaurantes y terrazas.


Tras una reparadora siesta, por la tarde vamos a ver tiendas a la zona comercial, la calle Yonge, la más larga del mundo, de muchos kilómetros de longitud, que va desde el lago hasta que se sale de la ciudad. Cenamos en el hotel, con cosas compradas fuera (es muy habitual hacer esto en los hoteles nortemericanos, nadie se escandaliza, y en muchos hoteles incluso te ponen propaganda de una pizzería donde puedes llamar y te suben la comida a la habitación). En España la gente es muy paleta para esas cosas, pero estos tíos son muy prácticos: en tu habitación haces lo que te da la gana, y cuanto más "casera" sea la estancia, más a gusto estarás, así que te permiten traer comida (en muchos hay microondas en la habitación), traer gente a dormir en tus supercamas, o lavar y tender ropa (te proporcionan tendedero y tabla de planchar + plancha). Sin pijerío.


Por la mañana del día siguiente nos vamos a conocer el exclusivo barrio de Yorkville, al norte de la ciudad (esta ciudad se llamó al principio York, como Nueva York se llamó al principio Nueva Amsterdam). Casas lujosillas y con buen gusto, pero nada desorbitado. La calle Bloor hierve de tiendas de marcas caras: Chanel, Hermès, Louis Vuitton, Vasari, ¡Zara!... Hay un centro comercial con una librería dentro, Índigo, enorme y muy bien puesta, y compro algunas tontadas de recuerdo para mis compañeras de trabajo.


El nivel de vida de la gente de este barrio es tremendo, y hemos visto varios Ferrari y Porsche Cayenne, claro que también hemos visto un concesionario de Ferrari, que yo no he visto ninguno en España, y por eso no me lo he comprado (¡no lo voy a comprar por Internet con cargo a la Visa!) 

Luego tomamos el metro para seguir subiendo hasta Espadina (que significa colina) y más allá, y ver la famosa Casa Loma, un delirio de grandeza de Sir Henry Pellatt, un hombre de negocios torontés de principios del siglo XX, que acabó totalmente arruinado, viviendo en un barracón que le prestó su ex-chófer por caridad. La casa es un chateau como los del Loira pero en plena parte alta de la ciudad. 27.000 m2 de vivienda, incluidos los jardines, con 98 habitaciones, bodegas, cocheras, cuadras, suites de invitados con baños privados y jacuzzis (ojo: en 1911), salones de invierno y verano, salón de fumar, salón japonés, megabiblioteca, invernadero de orquídeas y otras especies tropicales, salón de baile, diversos comedores, estancias de servicio, cocheras, almacén de sillas de montar y dos torres normandas a las que se puede subir.

La entrada nuevamente es cara (20,5 CA$ cada uno), pero merece totalmente la pena, e incluye una audio-videoguía con amplios comentarios en castellano y una pantalla pequeña donde te muestran cuadros, fotos de época para que compares con las estancias actuales, etc. Se pueden hacer las fotos que uno quiera, con o sin flash, y es más: ¡se puede uno sentar en los sillones de época tapizados de sedas francesas! Yo no he visto nada igual: eso son pruebas de resistencia del mobiliario, y no las que hace Ikea con sus sillones KjhrpÖmlohasdjah. Una visita bien hecha a este sitio dura como mínimo 2 horas (probablemente más), y hay que estar preparado para subir cientos -literalmente- de escalones.

Tras comer de baratillo en un falafel turco, y la correspondiente siesta reparadora, de nuevo a mirar tiendas (comprar es imposible, todo tiene un precio disparatado) por Yonge, Dundas, Bay y otras calles cercanas al hotel. Estamos algo tarras ya, y nos quedan fuerzas para ver el Royal Ontario Museum, que por lo que leo es de momias, tótems y esas cosas, es decir como el British Museum; dado que el British es inigualable en ese sentido, pues con pena y tal decidimos no ir. A cenar y pal hotel, que mañana prontito partimos en tren ¡ay, dios! hasta Ottawa. Bueno, esta vez y todas las siguientes, ya tenemos reservados los asientos, algo es algo.

sábado, 9 de julio de 2011

NIAGARA FALLS (léase Naiágara Fols)

(En azul viene la información más útil para los turistas; en negro, la perfectamente inútil).

 
Cogimos en el aeropuerto de Boston Logan, terminal B, un vuelo de US Airways hasta Buffalo. Avión pequeñito y medio vacío, pero al menos avión a reacción, que no son tan habituales en los vuelos domésticos estadounidenses. Primer timo, supongo que de una larga serie de ellos: había comprado el billete a través de Rumbo, una web que funciona fenomenal, con la que he sacado muchos billetes desde hace doce años, a plena satisfacción, porque hacen un 5% de descuento a la oferta de la propia aerolínea. PERO al ir a facturar el equipaje, US Airways te cobra 25$ por maleta, por no haber emitido ellos el billete; adiós descuento y más. Por suerte, nos dejan meter en cabina el trolley y sólo facturamos la maleta grande. El vuelo sale muy puntual, es muy tranquilo y llega a Buffalo antes de la hora.

En el aeropuerto de Buffalo vamos al mostrador de Niagara Airbus, que es una empresa privada de autobuses y limusinas, con los que había contratado el shuttle al hotel Marriott de Niagara on the Falls. Es un servicio caro, pero cómodo, porque los autobuses de Greyhound, que son muy económicos, salen del pueblo de Buffalo, adonde tendríamos que coger un taxi, y te dejan en la estación de autobuses de Niagara Falls, desde donde tendríamos que coger otro taxi hasta el hotel (se acabó la baratura), mientras que este es un servicio de puerta a puerta. Pero además sólo hay dos autobuses de Greyhound diarios, ambos por la tarde, y nuestro vuelo llegaba a las 10:50 de la mañana, o sea que descartado. Por otra parte, todo el mundo (desde mi hermana, que conoce estupendamente la zona, hasta mi vecino) coincide en afirmar que la ciudad de Buffalo es horripilante de fea, y que a nadie se le ha perdido absolutamente nada ahí, así que lo suyo es salir corriendo, o rodando, cuanto antes.

Nos meten en un autobús pequeñito, de esos de 9 plazas, algo desvencijado, pero aún digno y con las comodidades básicas, y un chófer mayor, uniformado y muy agradable de trato, que nos advierte que hay que llevar los pasaportes casi en la boca, ya que pronto pasaremos la frontera de Canadá por el puesto de Fort Erie.

Al principio vamos solos, mira qué bien, pero al poco tiempo paramos en un motel de carretera y se sube una señora. Cuando el chófer le pregunta si lleva a mano el pasaporte, la señora se echa las manos a la cabeza y dice que se le ha olvidado en su casa ¿qué hacía en un hotel si vive por allí cerca? Bueno, supongamos que alguna gestión laboral… La pobre se desespera y no hace más que repetir, con un ataque de ansiedad y al borde de las lágrimas: “Oh, my God, I haven't got my passport, oh, my God…!” El caso es que el chófer se tiene que marchar, porque los otros dos pasajeros –nosotros- han contratado un servicio puntual, pero la señora va hasta el aeropuerto de Toronto y va a coger un vuelo a Montréal, en cuya universidad estudia su hija, así que pide de rodillas que esperemos media hora, que va a mandar a su marido que vaya a casa, coja su pasaporte y se lo acerque en un pispás. Vale, pero es que resulta que el marido es dentista, y luego nos cuenta que ha dejado tirado a un paciente en el sillón, con la anestesia puesta y la boca llena de algodones. Madreparió.

Esperamos, mientras la menda, transida de agradecimiento, se ofrece a traernos un cafelito, unos zumitos, lo que haga falta. Y mientras nos cuenta que es directiva de una empresa que se dedica a hermanar ciudades, y que entre eso, la casa, los hijos, está al borde de un ataque de nervios, cosa que, ciertamente, ya habíamos percibido. Lo que me falta a mí ahora es esperar tirada en un motel de carretera, mientras una loca me cuenta su vida en otro idioma y yo hago méritos para una contractura de cuello mirando tol rato patrás. Me hace la pelota, diciendo que hablo un inglés maravilloso; nos da su tarjeta, nos regala dos pines de plástico con un bufalito, emblema obvio de la ciudad, y se pone a nuestra disposición para todo, lo que haga falta, eternamente, ella, sus familiares, amigos y descendientes hasta la cuarta generación. Me agota esta tía. Me planteo si proponerle que hermane la ciudad de Buffalo con la de Toro, en España, por razones taxonómicas evidentes, pero desecho la idea en seguida, porque tendría que explicarle en inglés lo que es una colegiata, y casi mejor no: eso lo dejo para cuando sea profe pilingui de Geografía e Historia. Asegura que conoce a alguien ¡que estuvo una vez en España!, y que ella va estas próximas Navidades a Alemania, y ya de paso “se acercará” un par de días a conocer España. Madreparió bis.

Bueno, llegamos a la frontera de Fort Eirie, y la cola es pequeña, pero es una pesadez de tiempo de espera. Y los aduaneros… Me permiten que no diga nada de esto hasta que esté de vuelta en España, por si las moscas ¿vale? Imaginen, imaginen… El caso es que, casi llegando a Niagara Falls, la loca hace trasbordo a otra furgonetilla de la misma empresa que la llevará al aeropuerto de Toronto. Se va sin despedirse, lo juro. Está muy malita de ansiedad, la pobre; no la juzgo, y tampoco pienso de ella en realidad las maldades que escribo. 

El hotel Marriott está francamente bien (el nombre no dice nada, no hay que fiarse, pues he estado en Sheraton y en Radisson horrorosos de malos). Hay dos Marriott, muy cerca uno del otro, en la mejor zona de las cataratas, y luego hemos visto otro Marriott de la segunda marca (Marriott Courtyard), ya mucho más lejos. Estos ofertones los consigo con Trivago, página que se me ha hecho imprescindible para conseguir gangas, porque no es un buscador de tarifas de hoteles, sino un buscador de ofertas de hoteles, que es diferente; ellos no venden: sólo comparan ofertas que haya en cada momento por parte de un gran número de operadores turísticos y de buscadores de tarifas, más las del propio hotel, que a veces es el que tiene el mejor precio (esto se da más en Europa, en Norteamérica casi siempre es un error muy gordo reservar en el propio hotel).

Tenemos una habitación en la planta 14 (siempre las pido altas, aunque las de los últimos pisos suelen ser de mayor precio, pero, dentro de las baratas, yo pido que estén lo más alto posible, porque pedir es gratis, y si no pides, te puede ocurrir como a estos pobres japoneses que se montan en la planta 2ª). La pedí expresamente SIN vistas a las cataratas, que es más barata, y quizá ello sorprenda, pero ha sido un acierto, tal como me imaginaba: uno acaba hasta los petos de cataratas todo el día y toda la noche, y lo que quieres para dormir es tener un poco de paz y silencio, y olvidarte del estruendo de las cataratas. Así resulta ser, en efecto. Hay dos camas dobles, como en muchos hoteles americanos, donde se meten familias enteras en un cuarto, como si fueran gitanos. Deshacemos la maletita pequeña, nos bajamos a comer a un Tony Roma’s que hay debajo y luego nos disponemos ya a ver las cataratas.

Muy monas, las cataratitas. Así, en diminutivo, porque al lado de las de Iguaçú, parecen de juguete. Son dos saltos nada más, bastante pequeños ambos: uno, recto, en el lado estadounidense; el otro, curvo, en forma de herradura casi perfecta (no en vano se llama Horseshoe Fall), en el lado canadiense. Dicen las guías turísticas, y corrobora todo el mundo, que las cataratas hay que verlas desde el lado canadiense, que llevan el 90% de agua del total y blablablá. A mí no me lo parece; creo que los dos saltos son parecidos, aunque la verdad es que se ve más neblina por la presión del agua en el de Horseshoe, así que colijo que, o cae desde más alto –aunque aparentemente no se nota-, o cae con más fuerza porque lleva más presión, o las dos cosas.

Tampoco es cierto lo que me habían dicho: que esta ciudad parece Las Vegas. A ver: hay dos casinos, sí, pero ya está; ni hay tantos rascacielos (ya quisiera Benidorm tener tan pocos), ni es tan horrible y artificial; de hecho es bonita, está muy bien cuidada, con jardines espectaculares y limpios paseos, y los rascacielos y las dos torres que hay (la Minolta, que es un hotel y está al lado de nuestro hotel, y la Skylon, que es un restaurante giratorio) suelen tener buen gusto.

Las cataratas del Niágara son, ya digo, bastante pequeñas (ocupan el lugar 45 en el ranking mundial de bestiez cataratil), pero son muy bonitas. Y están preparadas a todo meter para el turismo, aunque no te da sensación de agobio en ningún momento, y las pocas colas que se hacen son totalmente asumibles (ah, aquellos desmayos líricos haciendo una cola de horas para ver la Capilla Sixtina, para ver la Sainte Chapelle…). También es verdad que no hemos estado en fin de semana, que debe de ser cosa fina. Es uno de los destinos más populares para el turismo canadiense y estadounidense, y sigue siendo un destino prioritario para lunas de miel yankies, como en la peli de Henry Hathaway, donde una espléndida y malísima Marilyn Monroe popularizó para siempre los impermeables amarillos (cualquiera los cambia de color ahora…) para visitar los túneles bajo la catarata.

Nota cultureta, que para eso me empollé el año pasado un tema enterito dedicado a la orografía norteamericana: las cataratas no nacen porque la vecina del quinto se dejó un grifo abierto, como dicen las malas lenguas, sino porque el río Niágara encuentra de repente en medio de su curso un desnivel importante de terreno, que se origina justo en el borde del escudo laurentino, una formación de las más antiguas del planeta, concretamente del precámbrico, como la Preysler o el Georgie Dann (el precámbrico es la época anterior a la era primaria, para quien no lo sepa, y es un periodo muy rico en fósiles). Bueno, pues dicho escudo laurentino entroncaba en su momento con una zona de llanuras y praderas ricas en gramíneas (las famosas praderas norteamericanas donde vivían los indios, que se extienden hasta casi el oeste), pero en esta zona un movimiento telúrico en época por mí desconocida hizo que dicha llanura se hundiera de repente varios metros, quedando el afilado borde del escudo al descubierto, y dando lugar a la catarata. Por eso esta cascada tiene un borde tan nítido, no es como el de la mayoría de ellas, donde se ve caer el agua a partir de una curva, sino que se ve un borde cortante, borde que además va erosionándose hacia adentro muy deprisa, a razón de 30 cm cada diez años.

Bueno, lo primero que hicimos es ir a una de las atracciones que no pueden faltar: el paso en el barquito Maid of the Mist (la doncella de la neblina). Ojo, que aquí tengo consejos importantes para novatos, para que no os pase lo que a nosotros. Vale, te dan un impermeable (en este caso, azul), pero te mojas tanto, tantísimo, que todo tú eres un grifo de rodillas para abajo, incluidos los zapatos. Si es pleno verano y el tiempo lo permite, mejor ir con pantalón corto y chancletas, o calzado textil, NO calzado de piel o ante, porque lo estropearás, y NO pantalones largos, porque se te embarrarán todos los bajos, a menos que te los arremangues.

El barquito, que no tiene asientos, hace una travesía que dura unos 30 minutos, cuesta 16,5 CA$ por persona, y te lleva por abajo (no por arriba) hasta el mismo centro de la herradura. Te pones como una sopa, garantizado (el gustito que debe de dar hacer esto en invierno...). Otra cosa que diferencia mucho estas cataratas de las de Iguaçú es que las brasileñas las ves, y además siempre las ves de abajo arriba y a lo lejos (a menos que las sobrevueles en helicóptero), mientras que estas te las bebes: las ves por arriba, por abajo, por el medio y te metes en ellas.

Al día siguiente hicimos la otra cosa indispensable en este pueblo: el Journey behind the Falls (paseo por detrás de las cataratas), donde te dan el famoso impermeable amarillo. También te mojas, y vale el mismo consejo que para el barquito, pero ni mucho menos te mojas tanto. Los túneles (hay tres) no son longitudinales a la catarata, sino trasversales, y la cosa consiste en avanzar entre el gentío hasta el balconcillo que hay al final de cada uno, desde donde se ve y se palpa la catarata. Está bien. De ahí te coges un funicular que, por 2,5 CA$ por persona te salva el tremendo desnivel con la zona de hoteles.

Y poco más hay que hacer aquí. Tienen toda la razón quienes dicen que es una bobada quedarse más de una noche, a menos que vayas con coche y quieras hacer excursiones por la zona, que si al Fort Erie, que si a Niagara-on-the-Lake, que si a la zona de viñedos... pero no son cosas indispensables.

Así que nos cogimos un taxi y nos plantamos en la estación de Via Rail, la empresa privada que explota el ferrocarril en Canadá, pero esa es otra historia...