El fin de semana pasado viajamos a Mérida, capital de la Comunidad Autónoma de Extremadura y antigua capital de la provincia romana de la Lusitania, con el nombre que encabeza esta entrada. Tiene guasa que conociéramos desde hace 18 años la Mérida del Yucatán y no la de España. Muy bonita, limpia y bien conservada. Se come muy bien, la gente es muy agradable y los precios son ajustadísimos. Podría terminar ya, pero desde luego merece un poco de atención. Como siempre, pongo en azul lo que más puede interesarles a otros viajeros.
Esta ciudad merece una visita de unos tres días como mínimo, salvo que uno sea un fiera y se quiera estar pateando 12 horas al día. Decir que tiene más ruinas romanas que Roma puede sonar a chiste, pero he estado dos veces en Roma y aseguro que es así.
El hotel fue un acierto... a medias. Se trataba del Tryp Medea, al que vinimos por una oferta de Vodafone, que nos regalaba la segunda noche, reservando la primera, en cualquier Tryp de España. Yo tenía ganas desde hace años de venir a conocer esta ciudad y además de venir en verano, durante el Festival de Teatro Clásico, y asistir a la representación de una obra (mejor griega, porque los romanos no tienen mucha chicha dramática), y como vi que aquí había un Tryp, me dije: "aprovechemos el regalo".
Es un cuatro estrellas, muy bien decorado, con piscina exterior, habitaciones muy amplias y limpias, baños de mármol y buen buffet de desayuno. Entre las pegas podría contarse que no tiene minibar, lo cual es increíble y me van a oír en Trivago, y que no está en el centro, sino en una impersonal y novísima zona comercial y de ocio de las afueras, llena de restaurantes, cines y boleras. Se puede ir andando al centro, pero se tarda casi una hora en llegar al teatro, justo al otro lado, y con la que estaba cayendo... Lo hicimos nada más llegar, y el podómetro nos dijo que sólo en ir y volver se nos fueron 6,5 km. Eso de que el balcón de la habitación dé sobre un Carrefour, pues... Pero que nadie me malinterprete: el hotel es recomendable, sabiendo que no vas a tener minibar, y si viajas con niños está muy apañao porque tiene habitaciones familiares, con literas para ellos.
Se llega bien en coche a la ciudad, pero el problema es aparcar y circular por el centro, un dédalo de calles prohibidas, cortadas, peatonales o de dirección opuesta a la que uno desea. Menos mal que la atentísima empleada de la Oficina de Turismo nos indicó un truco infalible para aparcar en pleno centro y encima gratis, así que al día siguiente de la gran caminata ya tiramos de coche para hacer turismo por la mañana y para ir por la noche a cenar y ver la obra "Electra", de Eurípides, interpretada por Ana Belén. El truco en cuestión consiste en rodear la ciudad por arriba, no ir por el Puente Romano, que además es peatonal, sino por lo que se llama la Avda. de la Reina Sofía, y que va a dar prácticamente a la zona del teatro y el anfiteatro sin pasar por el centro; allí hay sitio para aparcar, a lo mejor no al lado, pero sí muy cerca. Por el centro no te metas con el coche.
Aquí hay muchísimo que ver, pero lo que en modo alguno se puede uno perder es el Museo Nacional de Arte Romano, de uno de mis arquitectos favoritos, Rafael Moneo, precioso el edificio y precioso y valiosísimo el contenido, incluyendo el famoso busto velado del emperador Augusto, unos mosaicos de morirse y otras piezas de gran valor. También hay que ver sin falta el teatro (primero de día, luego si se puede también de noche y viendo una obra) y el anfiteatro, que es donde se celebraban las peleas de gladiadores y las luchas de fieras en general.
Es muy común confundir los dos términos: teatro y anfiteatro, pero no son lo mismo. El teatro clásico grecolatino es un edificio siempre semicircular; los actores se colocan abajo en la orchestra y los espectadores a lo largo y alto de los graderíos; la palabra viene del griego "theatrón", que significa "yo miro", en referencia a que es un género literario que no ha sido creado para leerlo, como la novela, ni para escucharlo, como la poesía, sino para verlo representado (o eso nos dice Aristóteles en su "Poética").
El anfiteatro, en cambio, son dos teatros unidos ("anfi" en griego significa "ambos", de ahí palabras como "anfibio", el que tiene dos vidas, la acuática y la terrestre). Así que el anfiteatro, o "ambos teatros" es siempre circular u ovalado, y las luchas tenían lugar en el foso central, también redondeado. Una plaza de toros está hecha a imagen y semejanza de un anfiteatro; el Coliseo de Roma es un anfiteatro, para entendernos. Aquí nunca se representaban obras de ficción.
Impresionante es también el enorme, larguísimo, Puente Romano, que cruza el río Guadiana cuando ya va muy ancho y crecido, tan crecido va que han tenido que cortar un poco el flujo poniendo varios tajamares. No es como el Puente Romano de Cangas de Onís, no: se tardan 15 ó 20 minutos a buen paso en cruzarlo.
Si luego tenemos más tiempo y queremos, podremos ver el circo o hipódromo, donde corrían las bigas y las cuadrigas conducidas por un auriga (¿quién no recuerda la famosa carrera de "Ben-Hur"?), el Arco de Trajano, el Templo de Diana, los Columbarios y mil otras ruinas. También hay aquí un Museo de Arte Visigodo, que me quedé sin ver, y una Alcazaba mora, junto al puente, que tampoco vi.
Sobre la representación teatral de "Electra", un texto libre de Vicente Molina Foix pero muy respetuoso con el original de Eurípides, tengo que decir que me encantó. Es sencillamente espectacular verla representada en ese escenario, en una tranquila y cálida noche de verano, con el cielo tachonado de estrellas (esto va dedicado a mi amigo Sap, y él sabe por qué). Los actores están muy bien, con la posible excepción de Julieta Serrano en su papel de Clitemnestra, la hija de Zeus y Leda, que la pobre está ya muy mayor y a veces se le va la pinza y olvida el papel. Pero Ana Belén hace una Electra machorra muy creíble, y un joven Fran Perea no hace nada mal el papel de Orestes. Muy bien las luces, los efectos especiales (todos proyectados sobre el escenario, para no tocarlo) y la acústica, que es la original del recinto, sencillamente perfecta.
El único pero que le pongo a la obra es ese personaje metido de clavo, Alceo, el marido pastor de Electra, que hace un papel ambiguo más cómico que trágico, al estilo del "clown" de Shakespeare o de nuestro "gracioso" lopesco. Esto es sencillamente inaudito en una tragedia griega, señor Molina Foix, y si no se lo cree lea a Ariostóteles, por favor. No hay mezcla de géneros en el teatro griego. Ninguna mezcla. Nunca. Si a eso añadimos que este personaje es quien cierra la obra soltando una ocurrencia, y el que deja al público al final de tanto dolor un "buen sabor de boca" (¿pero eso qué es en una tragedia griega, si lo que se pretende es lograr la catarsis?), tendremos el despropósito consumado. Pero vamos, lo demás muy bien.
Ahora os cuento -y lo anoto yo aquí para mi próxima vez, pues el Alzheimer acecha- qué localidades hay que comprar para no acabar con flebitis aguda o síndrome de clase turista: Nunca compres, si puedes evitarlo y tienes más de 25 años o la circulación periférica chunga, una entrada que tenga delante otro asiento. Son incomodísimas, pero es que una cosa es decirla y otra sufrir dos horas y media doblada como un cuatro, sin poder avanzar los pies ni dos centímetros porque ya le estás dando al de delante en la espalda.
Ninguna butaca es cómoda, porque en todas hay poco sitio, un cojín delgadito y no hay respaldo, salvo las de la orchestra, que son muy difíciles de conseguir porque la mitad son cedidas gratuitamente a autoridades y otros VIPs, pero sí podemos hacer algo para evitar fenecer en la honrosa tarea de contemplar una obra de teatro clásico aquí. Cuando sacas las entradas por Internet, tienes el plano del recinto para elegir asiento, y hay muchos trozos de grada que tienen delante muretes, o pequeños fosos, pero no otra grada: esos son los que hay que comprar. Da igual que estén más o menos centrados (pequeña obsesión mía), o más o menos cerca, porque se ve y se oye de maravilla desde todos sitios, pero lo que no da igual es acabar con calambres horrorosos por la inmovilidad. Ten en cuenta que el espectáculo termina sobre la una de la madrugada, y para entonces llevas ya doblado en cuatro y sin mover una pestaña dos horas y media.
Y, por supuesto, no hagas el primo como hice yo y no las compres en la misma web del Festival de Teatro Clásico, o te clavarán 35 napos por una localidad por la que otro a mi lado pagó 28 en Atrápalo, Groupon o sitios así. Búscate la vida y ahorrarás dinero; elige bien el asiento, no con los criterios tradicionales de una sala de teatro, y ahorrarás disgustos.
Es importante que vayas con zapato muy cómodo, nada de taconazos, porque el camino es de tierra y tienes que superar una calzada romana de piedros de punta; además es de noche y se ve poco, no hay demasiada iluminación (y eso que ya han quitado las monísimas antorchas que no alumbraban nada de hace unos años y han puesto luces normales, pero escasas), por lo que los tropezones y la rotura de piños están a la orden del día ¿y si no qué pintaban ahí unos efectivos de la Cruz Roja? Yo iba prevenida y me vino muy bien ir en alpargatas de verano y llevar una linterna, esa es la verdad: la usé y la agradecí.
Otra cosa que te puede venir bien saber es que, a la entrada del recinto, hay un agradabilísimo bareto chill-out con musiquita guapa donde puedes esperar a que se haga la hora de entrar en tu localidad, no hace falta que andes dando vueltas por las calles, haciendo tiempo, o consumiendo sin parar en bares y restaurantes aledaños, ni que te sientes antes de lo irremediable en tu espantosamente incómodo asiento. ¡Joder, si dan ganas de quedarse en uno de los divanes de ese bareto oyendo la obra, aunque no la veas!
Una experiencia muy recomendable, que repetiremos casi seguro. Pero comprando más barato y eligiendo mejor las localidades. Por cierto, crisis manda, pero no estaban vendidas todas, y eso que hace pocos años era imposible conseguir una entrada para esto con menos de dos meses de antelación. ¡Hala, a mover el culo y a hacerse un finde cultural!
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