[En azul, la información más útil para los viajeros; en negro, la personal o inútil.]
Toronto no es la capital administrativa, aunque sí la financiera, y además es la ciudad más grande de Canadá. Tiene un número de habitantes muy próximo al de Madrid capital: 4.500.000, con la particularidad de que sólo uno de cada cuatro habitantes de Toronto es canadiense, porque esto está, literalmente, tomado por los extranjeros, muy especialmente por los orientales. De cada cuatro personas que te cruzas, dos son orientales, y una es de cualquier nacionalidad menos canadiense. Hay muchísimos indios y bastantes estadounidenses. Pero primero vamos a ver cómo hemos llegado aquí:
Tomar un tren de Via Rail en Niagara Falls no es nada fácil, sobre todo si, como el nuestro, venía desde Nueva York. La estación es muy pequeñita, casi sin servicios de ningún tipo; tiene apenas dos llegadas y dos salidas al día, hay que ir a ella en taxi... un rollo todo. Pero lo peor, con mucha diferencia, es ¡que es un puesto fronterizo! Sí, en efecto. Los viajeros que vienen desde Nueva York, se bajen o no en Niagara Falls, pasan ahí la aduana. Y pasar la aduana no es un mero trámite entre estos dos países, que van a ver quién putea más a los nacionales del país vecino, lo juro.
Los aduaneros, acariciando sádicamente sus pistolas, echan para adentro a todos los viajeros que esperan en el andén, y nos meten en una calurosa salita de espera pequeñísima, atestada, donde casi todo el mundo espera de pie porque no hay sitio. Necesitan intimidad para su importante misión. Llega el tren, que es de la Amtrak (empresa nacional de ferrocarriles estadounidenses), en código compartido con Via Rail. Como llega 15' antes de la hora anunciada de salida para Toronto, y yo tengo en la cabeza el modelo europeo de puntualidad absoluta, me digo que la inspección aduanera no debe tardar más de 15'. Je.
Una hora y veinte más tarde de su hora de salida oficial (con dos cojones: si pasa eso en Europa hay un motín popular), el tren efectúa su salida. De ese tiempo, he pasado una hora a pie firme haciendo una cola absolutamente absurda, porque pensaba que no podría sentarme durante las dos horas que dura el viaje (ya tuve una amarguísima experiencia en ese sentido yendo de Copenhague a Odense, y no lo he olvidado); en estos trenes pequeños no se pueden reservar los asientos, y hay muchísima gente que va a montar, más los que ya venían y no bajan aquí. Pero no sirve de nada, porque cuando por fin los temibles aduaneros dan el permiso para embarcar, primero llaman a los de business, luego a las personas mayores de 60 y a las familias con niños... Y luego a todos los demás en desbandada, sin guardar el orden de la cola.
Los aduaneros han levantado hasta la moqueta del vagón buscando algún virus desconocido. Un gorrioncillo lleno de piojitos, al que se la sudan completamente los aduaneros, y que pasa su peligrosa mercancía de un país a otro varias veces al día sin que nadie lo inspeccione, da alegres saltitos por el andén. No sé por qué ese empeño en que no pasemos de un lado a otro cosas orgánicas, semillas, comida y todo eso. NOSOTROS somos orgánicos. Incluso diría que, desde el punto de vista de un oso canadiense, somos comida. Nuestra epidermis suelta células vivas, llevamos barro en los zapatos, caspa en el pelo, mierda en las uñas, quizá un pañuelo con mocos lleno de virus... Pero no podemos pasar un paquete de galletas y, para buscar a ver si alguien lleva galletas, hay que salir una hora tarde. Bueno, hemos conseguido asientos, pero separados, algo es algo.
Los aduaneros han levantado hasta la moqueta del vagón buscando algún virus desconocido. Un gorrioncillo lleno de piojitos, al que se la sudan completamente los aduaneros, y que pasa su peligrosa mercancía de un país a otro varias veces al día sin que nadie lo inspeccione, da alegres saltitos por el andén. No sé por qué ese empeño en que no pasemos de un lado a otro cosas orgánicas, semillas, comida y todo eso. NOSOTROS somos orgánicos. Incluso diría que, desde el punto de vista de un oso canadiense, somos comida. Nuestra epidermis suelta células vivas, llevamos barro en los zapatos, caspa en el pelo, mierda en las uñas, quizá un pañuelo con mocos lleno de virus... Pero no podemos pasar un paquete de galletas y, para buscar a ver si alguien lleva galletas, hay que salir una hora tarde. Bueno, hemos conseguido asientos, pero separados, algo es algo.
Los trenes de Amtrak son muy amplios y los asientos muy cómodos: puedes estirar totalmente las piernas y llevar un equipaje pequeño delante de ellas, y aun así, no te tropiezas con nada. Se reclinan mucho, tienen apoyapiés y un enchufe en el que puedes ir cargando el PC o el móvil; se supone que tienen wifi, pero no conseguí pillarla. Todo esto en clase turista. Los servicios son inmensos, se puede bailar el vals en ellos. El tren avanza despacio, a veces se para y deja paso a otros trenes. Pita mucho. Parece realmente el tren de Arganda. Es un servicio tercermundista, pero con asientos cómodos y modernos. La puntualidad es una entelequia.
El paisaje es feorro: bosquecillos sin encanto se suceden con ciudades industriales; parece que, por carretera, el paisaje es muchísimo más bonito, puesto que la carretera bordea el sector occidental del lago Ontario; no así la vía del tren. La única ventaja, aparte de la comodidad, es que es baratísimo. Pero escandalosamente barato, vamos; si te vas a coger un taxi desde y hasta tus estaciones de origen y destino, y el trayecto en tren es menor de dos horas y lo compras en clase turista por Internet, muy probablemente te gastes más en los taxis que en los dos billetes de tren. Llegamos tardísimo, casi de noche, a la Union Station de Toronto.
El hotel Metropolitan está bien, pero mucho más lejos de la estación de lo que señala Google Maps, y cuesta arriba, por eso llegamos andando, agotados, hambrientos y de noche. La habitación es cómoda, en el piso 24, pero muy pequeña, parece un hotel de Roma. El hotel me lo ha recomendado mi hermana, que se aloja aquí las dos veces al año que viene a Toronto, y encima he pillado una oferta de 3X2 acojonante, que lo hace bastante económico.
Toronto sorprende, sobre todo al salir de la estación, situada al sur de la ciudad, como el lago Ontario y como la CN Tower (torre de la TV), por la enormidad de sus rascacielos de cristal, estética Le Corbusier. Son igual de altos o mayores que muchos de los de Nueva York, pero con un gusto exquisito, nada vetustos, ni grises, ni vulgares, ni feotes, como aquellos otros (salvando a mi favorito: el de la Chrysler entre Lexington y la 42nd), sino con unos diseños acojonantes de bonitos.
Por lo demás, ha sido desagradable constatar lo grandota que es la ciudad, lo mal comunicada que está, salvo la almendrita interior, donde por suerte nos alojamos, y lo carísima que es. Cuando digo carísima me refiero a precios de Madrid o incluso algo superiores, lo cual en Norteamérica es algo exagerado. Vamos, algunos artículos exactos que vimos en Boston cuestan aquí el doble justo, teniendo en cuenta encima el cambio menos favorable. Y Boston no es precisamente la ciudad más barata de los Estados Unidos...
Por la mañana, tras desayunar un buen buffet, nos vamos a la CN Tower, desde donde tradicionalmente se ve "Torontontero". Cogemos el metro, que sólo tiene dos líneas y es muy caro (10 CA$ cuatro billetes, que no son billetes, sino fichitas metálicas redondas, llamadas Token, y que si compras sueltas cuestan cada una 3 CA$, unos 2,5 euros), y vamos a Union Station, desde donde sólo hay un corto paseíto. La subida a la torre tiene un precio escandaloso, pero es como la subida a la Torre Eiffel: hay que subir o no has estado en París.
Hay una cola medianeja, asumible, por temas de seguridad. Vamos pasando cual manada de ovejas, de uno en uno, a que unos escáneres corporales nos registren; son muy cachondos, porque te meten en una cabina transparente y te pegan unos soplidos o bufidos de arriba abajo a lo largo de todo tu cuerpo ¿? Luego ya se sube por grupos en los ascensores panorámicos; como nos hemos quedado justo los primeros para el siguiente ascensor, me cojo el mejor sitio y grabo en video toda la subida.
La CN Tower de Toronto es la estructura habitada más alta del mundo, con sus 535 m. Tiene arriba, cómo no, un restaurante panorámico y una serie de miradores, el mejor de los cuales es el cubierto, porque el vidrio de seguridad no impide ver y fotografiar todo perfectamente, cosa que sí impide la tupida malla del mirador al aire libre. Hay también dos pequeñas zonas a las que llaman "el suelo de cristal", y es eso exactamente: vidrios de seguridad en el suelo, y Torontontero a tus pies. La gente se tumba en ellos e intenta sin mucho éxito hacer una foto imposible, por la diferencia de luz, de foco y de perspectiva entre la figura humana y el suelo de la ciudad, allá abajo. Es una experiencia interesante subir, creo que se debe hacer, aunque sea caro.
Luego nos vamos a pasear por el borde del lago Ontario (el inmenso lago Ontario, a pesar de que es el menor de los 5 grandes lagos que hay por la zona (el Michigan, el Superior...), todos comunicados entre sí por brazos y ríos. "Ontario" significa en iroqués "agua que brilla", y el lago parece limpio, aunque en mi guía Lonely Planet dice que está nauseabundo y que no se te ocurra bañarte. El paseo externo, muy bonito y arreglado, cuenta con bancos para sentarse, jardines, restaurantes y terrazas.
Tras una reparadora siesta, por la tarde vamos a ver tiendas a la zona comercial, la calle Yonge, la más larga del mundo, de muchos kilómetros de longitud, que va desde el lago hasta que se sale de la ciudad. Cenamos en el hotel, con cosas compradas fuera (es muy habitual hacer esto en los hoteles nortemericanos, nadie se escandaliza, y en muchos hoteles incluso te ponen propaganda de una pizzería donde puedes llamar y te suben la comida a la habitación). En España la gente es muy paleta para esas cosas, pero estos tíos son muy prácticos: en tu habitación haces lo que te da la gana, y cuanto más "casera" sea la estancia, más a gusto estarás, así que te permiten traer comida (en muchos hay microondas en la habitación), traer gente a dormir en tus supercamas, o lavar y tender ropa (te proporcionan tendedero y tabla de planchar + plancha). Sin pijerío.
Por la mañana del día siguiente nos vamos a conocer el exclusivo barrio de Yorkville, al norte de la ciudad (esta ciudad se llamó al principio York, como Nueva York se llamó al principio Nueva Amsterdam). Casas lujosillas y con buen gusto, pero nada desorbitado. La calle Bloor hierve de tiendas de marcas caras: Chanel, Hermès, Louis Vuitton, Vasari, ¡Zara!... Hay un centro comercial con una librería dentro, Índigo, enorme y muy bien puesta, y compro algunas tontadas de recuerdo para mis compañeras de trabajo.
El nivel de vida de la gente de este barrio es tremendo, y hemos visto varios Ferrari y Porsche Cayenne, claro que también hemos visto un concesionario de Ferrari, que yo no he visto ninguno en España, y por eso no me lo he comprado (¡no lo voy a comprar por Internet con cargo a la Visa!)
Luego tomamos el metro para seguir subiendo hasta Espadina (que significa colina) y más allá, y ver la famosa Casa Loma, un delirio de grandeza de Sir Henry Pellatt, un hombre de negocios torontés de principios del siglo XX, que acabó totalmente arruinado, viviendo en un barracón que le prestó su ex-chófer por caridad. La casa es un chateau como los del Loira pero en plena parte alta de la ciudad. 27.000 m2 de vivienda, incluidos los jardines, con 98 habitaciones, bodegas, cocheras, cuadras, suites de invitados con baños privados y jacuzzis (ojo: en 1911), salones de invierno y verano, salón de fumar, salón japonés, megabiblioteca, invernadero de orquídeas y otras especies tropicales, salón de baile, diversos comedores, estancias de servicio, cocheras, almacén de sillas de montar y dos torres normandas a las que se puede subir.
La entrada nuevamente es cara (20,5 CA$ cada uno), pero merece totalmente la pena, e incluye una audio-videoguía con amplios comentarios en castellano y una pantalla pequeña donde te muestran cuadros, fotos de época para que compares con las estancias actuales, etc. Se pueden hacer las fotos que uno quiera, con o sin flash, y es más: ¡se puede uno sentar en los sillones de época tapizados de sedas francesas! Yo no he visto nada igual: eso son pruebas de resistencia del mobiliario, y no las que hace Ikea con sus sillones KjhrpÖmlohasdjah. Una visita bien hecha a este sitio dura como mínimo 2 horas (probablemente más), y hay que estar preparado para subir cientos -literalmente- de escalones.
Tras comer de baratillo en un falafel turco, y la correspondiente siesta reparadora, de nuevo a mirar tiendas (comprar es imposible, todo tiene un precio disparatado) por Yonge, Dundas, Bay y otras calles cercanas al hotel. Estamos algo tarras ya, y nos quedan fuerzas para ver el Royal Ontario Museum, que por lo que leo es de momias, tótems y esas cosas, es decir como el British Museum; dado que el British es inigualable en ese sentido, pues con pena y tal decidimos no ir. A cenar y pal hotel, que mañana prontito partimos en tren ¡ay, dios! hasta Ottawa. Bueno, esta vez y todas las siguientes, ya tenemos reservados los asientos, algo es algo.