domingo, 10 de julio de 2011

TORONTO (léase Trónno)

[En azul, la información más útil para los viajeros; en negro, la personal o inútil.]


Toronto no es la capital administrativa, aunque sí la financiera, y además es la ciudad más grande de Canadá. Tiene un número de habitantes muy próximo al de Madrid capital: 4.500.000, con la particularidad de que sólo uno de cada cuatro habitantes de Toronto es canadiense, porque esto está, literalmente, tomado por los extranjeros, muy especialmente por los orientales. De cada cuatro personas que te cruzas, dos son orientales, y una es de cualquier nacionalidad menos canadiense. Hay muchísimos indios y bastantes estadounidenses. Pero primero vamos a ver cómo hemos llegado aquí:

Tomar un tren de Via Rail en Niagara Falls no es nada fácil, sobre todo si, como el nuestro, venía desde Nueva York. La estación es muy pequeñita, casi sin servicios de ningún tipo; tiene apenas dos llegadas y dos salidas al día, hay que ir a ella en taxi... un rollo todo. Pero lo peor, con mucha diferencia, es ¡que es un puesto fronterizo! Sí, en efecto. Los viajeros que vienen desde Nueva York, se bajen o no en Niagara Falls, pasan ahí la aduana. Y pasar la aduana no es un mero trámite entre estos dos países, que van a ver quién putea más a los nacionales del país vecino, lo juro.

Los aduaneros, acariciando sádicamente sus pistolas, echan para adentro a todos los viajeros que esperan en el andén, y nos meten en una calurosa salita de espera pequeñísima, atestada, donde casi todo el mundo espera de pie porque no hay sitio. Necesitan intimidad para su importante misión. Llega el tren, que es de la Amtrak (empresa nacional de ferrocarriles estadounidenses), en código compartido con Via Rail. Como llega 15' antes de la hora anunciada de salida para Toronto, y yo tengo en la cabeza el modelo europeo de puntualidad absoluta, me digo que la inspección aduanera no debe tardar más de 15'. Je.

Una hora y veinte más tarde de su hora de salida oficial (con dos cojones: si pasa eso en Europa hay un motín popular), el tren efectúa su salida. De ese tiempo, he pasado una hora a pie firme haciendo una cola absolutamente absurda, porque pensaba que no podría sentarme durante las dos horas que dura el viaje (ya tuve una amarguísima experiencia en ese sentido yendo de Copenhague a Odense, y no lo he olvidado); en estos trenes pequeños no se pueden reservar los asientos, y hay muchísima gente que va a montar, más los que ya venían y no bajan aquí. Pero no sirve de nada, porque cuando por fin los temibles aduaneros dan el permiso para embarcar, primero llaman a los de business, luego a las personas mayores de 60 y a las familias con niños... Y luego a todos los demás en desbandada, sin guardar el orden de la cola.

Los aduaneros han levantado hasta la moqueta del vagón buscando algún virus desconocido. Un gorrioncillo lleno de piojitos, al que se la sudan completamente los aduaneros, y que pasa su peligrosa mercancía de un país a otro varias veces al día sin que nadie lo inspeccione, da alegres saltitos por el andén. No sé por qué ese empeño en que no pasemos de un lado a otro cosas orgánicas, semillas, comida y todo eso. NOSOTROS somos orgánicos. Incluso diría que, desde el punto de vista de un oso canadiense, somos comida. Nuestra epidermis suelta células vivas, llevamos barro en los zapatos, caspa en el pelo, mierda en las uñas, quizá un pañuelo con mocos lleno de virus... Pero no podemos pasar un paquete de galletas y, para buscar a ver si alguien lleva galletas, hay que salir una hora tarde. Bueno, hemos conseguido asientos, pero separados, algo es algo.

Los trenes de Amtrak son muy amplios y los asientos muy cómodos: puedes estirar totalmente las piernas y llevar un equipaje pequeño delante de ellas, y aun así, no te tropiezas con nada. Se reclinan mucho, tienen apoyapiés y un enchufe en el que puedes ir cargando el PC o el móvil; se supone que tienen wifi, pero no conseguí pillarla. Todo esto en clase turista. Los servicios son inmensos, se puede bailar el vals en ellos. El tren avanza despacio, a veces se para y deja paso a otros trenes. Pita mucho. Parece realmente el tren de Arganda. Es un servicio tercermundista, pero con asientos cómodos y modernos. La puntualidad es una entelequia.

El paisaje es feorro: bosquecillos sin encanto se suceden con ciudades industriales; parece que, por carretera, el paisaje es muchísimo más bonito, puesto que la carretera bordea el sector occidental del lago Ontario; no así la vía del tren. La única ventaja, aparte de la comodidad, es que es baratísimo. Pero escandalosamente barato, vamos; si te vas a coger un taxi desde y hasta tus estaciones de origen y destino, y el trayecto en tren es menor de dos horas y lo compras en clase turista por Internet, muy probablemente te gastes más en los taxis que en los dos billetes de tren. Llegamos tardísimo, casi de noche, a la Union Station de Toronto.

El hotel Metropolitan está bien, pero mucho más lejos de la estación de lo que señala Google Maps, y cuesta arriba, por eso llegamos andando, agotados, hambrientos y de noche. La habitación es cómoda, en el piso 24, pero muy pequeña, parece un hotel de Roma. El hotel me lo ha recomendado mi hermana, que se aloja aquí las dos veces al año que viene a Toronto, y encima he pillado una oferta de 3X2 acojonante, que lo hace bastante económico.

Toronto sorprende, sobre todo al salir de la estación, situada al sur de la ciudad, como el lago Ontario y como la CN Tower (torre de la TV), por la enormidad de sus rascacielos de cristal, estética Le Corbusier. Son igual de altos o mayores que muchos de los de Nueva York, pero con un gusto exquisito, nada vetustos, ni grises, ni vulgares, ni feotes, como aquellos otros (salvando a mi favorito: el de la Chrysler entre Lexington y la 42nd), sino con unos diseños acojonantes de bonitos.

Por lo demás, ha sido desagradable constatar lo grandota que es la ciudad, lo mal comunicada que está, salvo la almendrita interior, donde por suerte nos alojamos, y lo carísima que es. Cuando digo carísima me refiero a precios de Madrid o incluso algo superiores, lo cual en Norteamérica es algo exagerado. Vamos, algunos artículos exactos que vimos en Boston cuestan aquí el doble justo, teniendo en cuenta encima el cambio menos favorable. Y Boston no es precisamente la ciudad más barata de los Estados Unidos...


Por la mañana, tras desayunar un buen buffet, nos vamos a la CN Tower, desde donde tradicionalmente se ve "Torontontero". Cogemos el metro, que sólo tiene dos líneas y es muy caro (10 CA$ cuatro billetes, que no son billetes, sino fichitas metálicas redondas, llamadas Token, y que si compras sueltas cuestan cada una 3 CA$, unos 2,5 euros), y vamos a Union Station, desde donde sólo hay un corto paseíto. La subida a la torre tiene un precio escandaloso, pero es como la subida a la Torre Eiffel: hay que subir o no has estado en París.


Hay una cola medianeja, asumible, por temas de seguridad. Vamos pasando cual manada de ovejas, de uno en uno, a que unos escáneres corporales nos registren; son muy cachondos, porque te meten en una cabina transparente y te pegan unos soplidos o bufidos de arriba abajo a lo largo de todo tu cuerpo ¿? Luego ya se sube por grupos en los ascensores panorámicos; como nos hemos quedado justo los primeros para el siguiente ascensor, me cojo el mejor sitio y grabo en video toda la subida.


La CN Tower de Toronto es la estructura habitada más alta del mundo, con sus 535 m. Tiene arriba, cómo no, un restaurante panorámico y una serie de miradores, el mejor de los cuales es el cubierto, porque el vidrio de seguridad no impide ver y fotografiar todo perfectamente, cosa que sí impide la tupida malla del mirador al aire libre. Hay también dos pequeñas zonas a las que llaman "el suelo de cristal", y es eso exactamente: vidrios de seguridad en el suelo, y Torontontero a tus pies. La gente se tumba en ellos e intenta sin mucho éxito hacer una foto imposible, por la diferencia de luz, de foco y de perspectiva entre la figura humana y el suelo de la ciudad, allá abajo. Es una experiencia interesante subir, creo que se debe hacer, aunque sea caro.


Luego nos vamos a pasear por el borde del lago Ontario (el inmenso lago Ontario, a pesar de que es el menor de los 5 grandes lagos que hay por la zona (el Michigan, el Superior...), todos comunicados entre sí por brazos y ríos. "Ontario" significa en iroqués "agua que brilla", y el lago parece limpio, aunque en mi guía Lonely Planet dice que está nauseabundo y que no se te ocurra bañarte. El paseo externo, muy bonito y arreglado, cuenta con bancos para sentarse, jardines, restaurantes y terrazas.


Tras una reparadora siesta, por la tarde vamos a ver tiendas a la zona comercial, la calle Yonge, la más larga del mundo, de muchos kilómetros de longitud, que va desde el lago hasta que se sale de la ciudad. Cenamos en el hotel, con cosas compradas fuera (es muy habitual hacer esto en los hoteles nortemericanos, nadie se escandaliza, y en muchos hoteles incluso te ponen propaganda de una pizzería donde puedes llamar y te suben la comida a la habitación). En España la gente es muy paleta para esas cosas, pero estos tíos son muy prácticos: en tu habitación haces lo que te da la gana, y cuanto más "casera" sea la estancia, más a gusto estarás, así que te permiten traer comida (en muchos hay microondas en la habitación), traer gente a dormir en tus supercamas, o lavar y tender ropa (te proporcionan tendedero y tabla de planchar + plancha). Sin pijerío.


Por la mañana del día siguiente nos vamos a conocer el exclusivo barrio de Yorkville, al norte de la ciudad (esta ciudad se llamó al principio York, como Nueva York se llamó al principio Nueva Amsterdam). Casas lujosillas y con buen gusto, pero nada desorbitado. La calle Bloor hierve de tiendas de marcas caras: Chanel, Hermès, Louis Vuitton, Vasari, ¡Zara!... Hay un centro comercial con una librería dentro, Índigo, enorme y muy bien puesta, y compro algunas tontadas de recuerdo para mis compañeras de trabajo.


El nivel de vida de la gente de este barrio es tremendo, y hemos visto varios Ferrari y Porsche Cayenne, claro que también hemos visto un concesionario de Ferrari, que yo no he visto ninguno en España, y por eso no me lo he comprado (¡no lo voy a comprar por Internet con cargo a la Visa!) 

Luego tomamos el metro para seguir subiendo hasta Espadina (que significa colina) y más allá, y ver la famosa Casa Loma, un delirio de grandeza de Sir Henry Pellatt, un hombre de negocios torontés de principios del siglo XX, que acabó totalmente arruinado, viviendo en un barracón que le prestó su ex-chófer por caridad. La casa es un chateau como los del Loira pero en plena parte alta de la ciudad. 27.000 m2 de vivienda, incluidos los jardines, con 98 habitaciones, bodegas, cocheras, cuadras, suites de invitados con baños privados y jacuzzis (ojo: en 1911), salones de invierno y verano, salón de fumar, salón japonés, megabiblioteca, invernadero de orquídeas y otras especies tropicales, salón de baile, diversos comedores, estancias de servicio, cocheras, almacén de sillas de montar y dos torres normandas a las que se puede subir.

La entrada nuevamente es cara (20,5 CA$ cada uno), pero merece totalmente la pena, e incluye una audio-videoguía con amplios comentarios en castellano y una pantalla pequeña donde te muestran cuadros, fotos de época para que compares con las estancias actuales, etc. Se pueden hacer las fotos que uno quiera, con o sin flash, y es más: ¡se puede uno sentar en los sillones de época tapizados de sedas francesas! Yo no he visto nada igual: eso son pruebas de resistencia del mobiliario, y no las que hace Ikea con sus sillones KjhrpÖmlohasdjah. Una visita bien hecha a este sitio dura como mínimo 2 horas (probablemente más), y hay que estar preparado para subir cientos -literalmente- de escalones.

Tras comer de baratillo en un falafel turco, y la correspondiente siesta reparadora, de nuevo a mirar tiendas (comprar es imposible, todo tiene un precio disparatado) por Yonge, Dundas, Bay y otras calles cercanas al hotel. Estamos algo tarras ya, y nos quedan fuerzas para ver el Royal Ontario Museum, que por lo que leo es de momias, tótems y esas cosas, es decir como el British Museum; dado que el British es inigualable en ese sentido, pues con pena y tal decidimos no ir. A cenar y pal hotel, que mañana prontito partimos en tren ¡ay, dios! hasta Ottawa. Bueno, esta vez y todas las siguientes, ya tenemos reservados los asientos, algo es algo.

sábado, 9 de julio de 2011

NIAGARA FALLS (léase Naiágara Fols)

(En azul viene la información más útil para los turistas; en negro, la perfectamente inútil).

 
Cogimos en el aeropuerto de Boston Logan, terminal B, un vuelo de US Airways hasta Buffalo. Avión pequeñito y medio vacío, pero al menos avión a reacción, que no son tan habituales en los vuelos domésticos estadounidenses. Primer timo, supongo que de una larga serie de ellos: había comprado el billete a través de Rumbo, una web que funciona fenomenal, con la que he sacado muchos billetes desde hace doce años, a plena satisfacción, porque hacen un 5% de descuento a la oferta de la propia aerolínea. PERO al ir a facturar el equipaje, US Airways te cobra 25$ por maleta, por no haber emitido ellos el billete; adiós descuento y más. Por suerte, nos dejan meter en cabina el trolley y sólo facturamos la maleta grande. El vuelo sale muy puntual, es muy tranquilo y llega a Buffalo antes de la hora.

En el aeropuerto de Buffalo vamos al mostrador de Niagara Airbus, que es una empresa privada de autobuses y limusinas, con los que había contratado el shuttle al hotel Marriott de Niagara on the Falls. Es un servicio caro, pero cómodo, porque los autobuses de Greyhound, que son muy económicos, salen del pueblo de Buffalo, adonde tendríamos que coger un taxi, y te dejan en la estación de autobuses de Niagara Falls, desde donde tendríamos que coger otro taxi hasta el hotel (se acabó la baratura), mientras que este es un servicio de puerta a puerta. Pero además sólo hay dos autobuses de Greyhound diarios, ambos por la tarde, y nuestro vuelo llegaba a las 10:50 de la mañana, o sea que descartado. Por otra parte, todo el mundo (desde mi hermana, que conoce estupendamente la zona, hasta mi vecino) coincide en afirmar que la ciudad de Buffalo es horripilante de fea, y que a nadie se le ha perdido absolutamente nada ahí, así que lo suyo es salir corriendo, o rodando, cuanto antes.

Nos meten en un autobús pequeñito, de esos de 9 plazas, algo desvencijado, pero aún digno y con las comodidades básicas, y un chófer mayor, uniformado y muy agradable de trato, que nos advierte que hay que llevar los pasaportes casi en la boca, ya que pronto pasaremos la frontera de Canadá por el puesto de Fort Erie.

Al principio vamos solos, mira qué bien, pero al poco tiempo paramos en un motel de carretera y se sube una señora. Cuando el chófer le pregunta si lleva a mano el pasaporte, la señora se echa las manos a la cabeza y dice que se le ha olvidado en su casa ¿qué hacía en un hotel si vive por allí cerca? Bueno, supongamos que alguna gestión laboral… La pobre se desespera y no hace más que repetir, con un ataque de ansiedad y al borde de las lágrimas: “Oh, my God, I haven't got my passport, oh, my God…!” El caso es que el chófer se tiene que marchar, porque los otros dos pasajeros –nosotros- han contratado un servicio puntual, pero la señora va hasta el aeropuerto de Toronto y va a coger un vuelo a Montréal, en cuya universidad estudia su hija, así que pide de rodillas que esperemos media hora, que va a mandar a su marido que vaya a casa, coja su pasaporte y se lo acerque en un pispás. Vale, pero es que resulta que el marido es dentista, y luego nos cuenta que ha dejado tirado a un paciente en el sillón, con la anestesia puesta y la boca llena de algodones. Madreparió.

Esperamos, mientras la menda, transida de agradecimiento, se ofrece a traernos un cafelito, unos zumitos, lo que haga falta. Y mientras nos cuenta que es directiva de una empresa que se dedica a hermanar ciudades, y que entre eso, la casa, los hijos, está al borde de un ataque de nervios, cosa que, ciertamente, ya habíamos percibido. Lo que me falta a mí ahora es esperar tirada en un motel de carretera, mientras una loca me cuenta su vida en otro idioma y yo hago méritos para una contractura de cuello mirando tol rato patrás. Me hace la pelota, diciendo que hablo un inglés maravilloso; nos da su tarjeta, nos regala dos pines de plástico con un bufalito, emblema obvio de la ciudad, y se pone a nuestra disposición para todo, lo que haga falta, eternamente, ella, sus familiares, amigos y descendientes hasta la cuarta generación. Me agota esta tía. Me planteo si proponerle que hermane la ciudad de Buffalo con la de Toro, en España, por razones taxonómicas evidentes, pero desecho la idea en seguida, porque tendría que explicarle en inglés lo que es una colegiata, y casi mejor no: eso lo dejo para cuando sea profe pilingui de Geografía e Historia. Asegura que conoce a alguien ¡que estuvo una vez en España!, y que ella va estas próximas Navidades a Alemania, y ya de paso “se acercará” un par de días a conocer España. Madreparió bis.

Bueno, llegamos a la frontera de Fort Eirie, y la cola es pequeña, pero es una pesadez de tiempo de espera. Y los aduaneros… Me permiten que no diga nada de esto hasta que esté de vuelta en España, por si las moscas ¿vale? Imaginen, imaginen… El caso es que, casi llegando a Niagara Falls, la loca hace trasbordo a otra furgonetilla de la misma empresa que la llevará al aeropuerto de Toronto. Se va sin despedirse, lo juro. Está muy malita de ansiedad, la pobre; no la juzgo, y tampoco pienso de ella en realidad las maldades que escribo. 

El hotel Marriott está francamente bien (el nombre no dice nada, no hay que fiarse, pues he estado en Sheraton y en Radisson horrorosos de malos). Hay dos Marriott, muy cerca uno del otro, en la mejor zona de las cataratas, y luego hemos visto otro Marriott de la segunda marca (Marriott Courtyard), ya mucho más lejos. Estos ofertones los consigo con Trivago, página que se me ha hecho imprescindible para conseguir gangas, porque no es un buscador de tarifas de hoteles, sino un buscador de ofertas de hoteles, que es diferente; ellos no venden: sólo comparan ofertas que haya en cada momento por parte de un gran número de operadores turísticos y de buscadores de tarifas, más las del propio hotel, que a veces es el que tiene el mejor precio (esto se da más en Europa, en Norteamérica casi siempre es un error muy gordo reservar en el propio hotel).

Tenemos una habitación en la planta 14 (siempre las pido altas, aunque las de los últimos pisos suelen ser de mayor precio, pero, dentro de las baratas, yo pido que estén lo más alto posible, porque pedir es gratis, y si no pides, te puede ocurrir como a estos pobres japoneses que se montan en la planta 2ª). La pedí expresamente SIN vistas a las cataratas, que es más barata, y quizá ello sorprenda, pero ha sido un acierto, tal como me imaginaba: uno acaba hasta los petos de cataratas todo el día y toda la noche, y lo que quieres para dormir es tener un poco de paz y silencio, y olvidarte del estruendo de las cataratas. Así resulta ser, en efecto. Hay dos camas dobles, como en muchos hoteles americanos, donde se meten familias enteras en un cuarto, como si fueran gitanos. Deshacemos la maletita pequeña, nos bajamos a comer a un Tony Roma’s que hay debajo y luego nos disponemos ya a ver las cataratas.

Muy monas, las cataratitas. Así, en diminutivo, porque al lado de las de Iguaçú, parecen de juguete. Son dos saltos nada más, bastante pequeños ambos: uno, recto, en el lado estadounidense; el otro, curvo, en forma de herradura casi perfecta (no en vano se llama Horseshoe Fall), en el lado canadiense. Dicen las guías turísticas, y corrobora todo el mundo, que las cataratas hay que verlas desde el lado canadiense, que llevan el 90% de agua del total y blablablá. A mí no me lo parece; creo que los dos saltos son parecidos, aunque la verdad es que se ve más neblina por la presión del agua en el de Horseshoe, así que colijo que, o cae desde más alto –aunque aparentemente no se nota-, o cae con más fuerza porque lleva más presión, o las dos cosas.

Tampoco es cierto lo que me habían dicho: que esta ciudad parece Las Vegas. A ver: hay dos casinos, sí, pero ya está; ni hay tantos rascacielos (ya quisiera Benidorm tener tan pocos), ni es tan horrible y artificial; de hecho es bonita, está muy bien cuidada, con jardines espectaculares y limpios paseos, y los rascacielos y las dos torres que hay (la Minolta, que es un hotel y está al lado de nuestro hotel, y la Skylon, que es un restaurante giratorio) suelen tener buen gusto.

Las cataratas del Niágara son, ya digo, bastante pequeñas (ocupan el lugar 45 en el ranking mundial de bestiez cataratil), pero son muy bonitas. Y están preparadas a todo meter para el turismo, aunque no te da sensación de agobio en ningún momento, y las pocas colas que se hacen son totalmente asumibles (ah, aquellos desmayos líricos haciendo una cola de horas para ver la Capilla Sixtina, para ver la Sainte Chapelle…). También es verdad que no hemos estado en fin de semana, que debe de ser cosa fina. Es uno de los destinos más populares para el turismo canadiense y estadounidense, y sigue siendo un destino prioritario para lunas de miel yankies, como en la peli de Henry Hathaway, donde una espléndida y malísima Marilyn Monroe popularizó para siempre los impermeables amarillos (cualquiera los cambia de color ahora…) para visitar los túneles bajo la catarata.

Nota cultureta, que para eso me empollé el año pasado un tema enterito dedicado a la orografía norteamericana: las cataratas no nacen porque la vecina del quinto se dejó un grifo abierto, como dicen las malas lenguas, sino porque el río Niágara encuentra de repente en medio de su curso un desnivel importante de terreno, que se origina justo en el borde del escudo laurentino, una formación de las más antiguas del planeta, concretamente del precámbrico, como la Preysler o el Georgie Dann (el precámbrico es la época anterior a la era primaria, para quien no lo sepa, y es un periodo muy rico en fósiles). Bueno, pues dicho escudo laurentino entroncaba en su momento con una zona de llanuras y praderas ricas en gramíneas (las famosas praderas norteamericanas donde vivían los indios, que se extienden hasta casi el oeste), pero en esta zona un movimiento telúrico en época por mí desconocida hizo que dicha llanura se hundiera de repente varios metros, quedando el afilado borde del escudo al descubierto, y dando lugar a la catarata. Por eso esta cascada tiene un borde tan nítido, no es como el de la mayoría de ellas, donde se ve caer el agua a partir de una curva, sino que se ve un borde cortante, borde que además va erosionándose hacia adentro muy deprisa, a razón de 30 cm cada diez años.

Bueno, lo primero que hicimos es ir a una de las atracciones que no pueden faltar: el paso en el barquito Maid of the Mist (la doncella de la neblina). Ojo, que aquí tengo consejos importantes para novatos, para que no os pase lo que a nosotros. Vale, te dan un impermeable (en este caso, azul), pero te mojas tanto, tantísimo, que todo tú eres un grifo de rodillas para abajo, incluidos los zapatos. Si es pleno verano y el tiempo lo permite, mejor ir con pantalón corto y chancletas, o calzado textil, NO calzado de piel o ante, porque lo estropearás, y NO pantalones largos, porque se te embarrarán todos los bajos, a menos que te los arremangues.

El barquito, que no tiene asientos, hace una travesía que dura unos 30 minutos, cuesta 16,5 CA$ por persona, y te lleva por abajo (no por arriba) hasta el mismo centro de la herradura. Te pones como una sopa, garantizado (el gustito que debe de dar hacer esto en invierno...). Otra cosa que diferencia mucho estas cataratas de las de Iguaçú es que las brasileñas las ves, y además siempre las ves de abajo arriba y a lo lejos (a menos que las sobrevueles en helicóptero), mientras que estas te las bebes: las ves por arriba, por abajo, por el medio y te metes en ellas.

Al día siguiente hicimos la otra cosa indispensable en este pueblo: el Journey behind the Falls (paseo por detrás de las cataratas), donde te dan el famoso impermeable amarillo. También te mojas, y vale el mismo consejo que para el barquito, pero ni mucho menos te mojas tanto. Los túneles (hay tres) no son longitudinales a la catarata, sino trasversales, y la cosa consiste en avanzar entre el gentío hasta el balconcillo que hay al final de cada uno, desde donde se ve y se palpa la catarata. Está bien. De ahí te coges un funicular que, por 2,5 CA$ por persona te salva el tremendo desnivel con la zona de hoteles.

Y poco más hay que hacer aquí. Tienen toda la razón quienes dicen que es una bobada quedarse más de una noche, a menos que vayas con coche y quieras hacer excursiones por la zona, que si al Fort Erie, que si a Niagara-on-the-Lake, que si a la zona de viñedos... pero no son cosas indispensables.

Así que nos cogimos un taxi y nos plantamos en la estación de Via Rail, la empresa privada que explota el ferrocarril en Canadá, pero esa es otra historia...

jueves, 7 de julio de 2011

BOSTON (léase Báston)

Pongo en azul los comentarios útiles para el viajero, y en negro todos los demás, que son la mayoría)


La Trinca

Votre carte verde est descoloride,
votre pasaporte está caduqué,
pero está de bones la gendarmeríe:
ale, ale, ale, ya podez passer!

¿Os acordáis de la genial canción de La Trinca? Bueno, pues decir que estas cosas pasan, y que encima íbamos a un sitio donde la gendarmería no está nunca de bones.

Llegamos a Boston un 4 de julio, fiesta nacional, tras ocho horas de vuelo, una de retraso e increíbles vicisitudes con uno de los dos pasaportes (caducado) y con los dos visados mal hechos (culpa de Iberia, así que ojito con la página web donde os metéis para sacarlo, que la de Iberia está mal: si no has tenido que pagar 14 US$ por persona, lo has hecho mal, por más que es el impreso para pedir visados para no inmigrantes), asuntos todos que tuvimos que arreglar en Barajas antes de facturar (no te facturan maletas sin tener todo en regla), menos mal que habíamos ido con muuuuucho tiempo, receta que nunca falla y sería perfecta de no ser por lo aburridos que son los aeropuertos.

Lo primero que te llama la atención al aterrizar es lo verde que es Boston; como no tiene edificios muy altos y el aeropuerto Logan está junto al mar (de hecho está en una isla, como el de Venecia), parece que aterriza uno en Santander, o algo así. Lo segundo que crees es que estás en Barcelona: una ciudad de un tamaño grande pero manejable, bonita, con la gente que habla raro y no se la entiende, y un calor húmedo bestial, insoportable (a ratos te parece estar con la cabeza metida en un cubo de agua caliente).

El transporte

Primer error a no repetir: nada de coger taxi hasta el hotel. El aeropuerto está –también como en Barcelona- muy cerca de la ciudad; se podría ir en bicicleta perfectamente; y el hotel donde nos quedamos, el Westin Boston Waterfront, donde por cierto también se alojan las tripulaciones de Iberia, al menos la de nuestro avión, está cerca del aeropuerto, sin ser un hotel de aeropuerto, pero también está cerca de la ciudad (se puede ir andando al centro en 30-35 El metro (Silver line) recorre todas las terminales, situadas en círculo, y luego llega a cualquier rincón de la ciudad, sin recargo (cada viaje cuesta 2 US$ por persona) y por supuesto también, en dos o tres paradas sin trasbordo, a nuestro hotel, Bueno, ya lo sabemos para otra vez, después de haberle pagado al taxista 22 US$ con la típica propina obligatoria.

Por cierto que esta gente tiene un sistema de pago en los taxis la mar de curioso: enfrente de los asientos de atrás hay una pantalla donde te ponen durante el viaje tonterías, anuncios, datos curiosos, etc. Pues, cuando llegas al destino, te pone el precio de la carrera y al lado sale un teclado; resulta que la pantalla es táctil, y entonces metes tú a mano lo que (no) quieres dejar de propina, que se suma al importe; pasas la banda magnética de la tarjeta por un lector que hay y se cobra el importe. Sólo entonces se imprime un recibo que te da el taxista. ¿Te lo dará, o te devolverá las maletas, si no has dejado propina suficiente? Aaahhh, misterios por resolver. Creo, pero no estoy segura, que no admiten efectivo, sólo tarjeta, para evitar atracos; en muchos lugares de Estados Unidos no se puede pagar en efectivo, y la gente paga con tarjeta hasta un billete de metro. ¿Pues no hacen lo mismo los parisinos, pero extendiendo un talón en la taquilla del metro, que yo lo he visto?

Bueno, lo segundo que te llama la atención de Boston es su escaso parecido con Nueva York: ningún edificio tiene más de 50 plantas, cosa increíble en NYC, donde no suelen bajar de las 90 y a menudo tienen muchísimas más. Los coches son todos europeos o japoneses, de tamaños mucho menores que en NYC y de colores, no sólo blancos y negros, como en la gran manzana. Boston es la capital del estado de Massachusetts (¡Dios, por fin aprendí a escribirlo y no me lo corrige el Word!) y de toda la comarca de Nueva Inglaterra (New England), pero para mí que habría que quitar lo de “New”, porque esto es Inglaterra. Casas de ladrillo rojo, señoras mayores paseando perritos diminutos, un bello río, todo verde…

La Educación

Así que, hasta ahora le hemos encontrado parecido con Barcelona, con Santander, con Inglaterra… ¿Pero de dónde sale esta gente tan encantadora y servicial? Es imposible desplegar un mapa sin que te pare alguien: “¿Necesita ayuda? ¿Qué quiere saber?” Siempre que lo haces, sucede. Si te ven haciéndote fotos con tu pareja, rápidamente pasará alguien que te propondrá haceros una foto a los dos juntos, y se esperará a que la veas, para repetirla si no te ha gustado. Todo el mundo te abre las puertas y las sujeta hasta que has pasado, te sonríe…

No está mal, pero esa exquisita educación es lo menos que se puede pedir a una ciudad que vive de la educación: es el mayor negocio aquí (algo que nunca debiera ser negocio, ni grande ni chico, todo hay que decirlo). A centros prestigiosísimos, como la Universidad de Harvard o el Massachusetts Institute of Technology, se unen montones de escuelas, colleges y centros, como el Endicott College (donde sesenta profesores madrileños de Dibujo e Historia, con un nivel de partida mínimo de B2, estudian inglés ahora mismo durante todo un mes para tratar de meterse en el programa bilingüe). Muchísimos escolares de todo el mundo y de todas las edades hacen aquí campamentos de verano para estudiar inglés, y así…

El MIT

El día 5, tras dormir un poco más de lo normal por el cansancio del viaje y los efectos de la melatonina (regula el ritmo circadiano de sueño-vigilia y es muy útil para paliar el jet-lag), y desayunar en el Starbuck’s que hay en el lobby del hotel, nos cogimos el metro de la Silver Line en la estación World Trade Center, que es la más cercana a nuestro hotel, cambiamos a la línea roja en South Station y desde allí nos dirigimos a la estación de Kendall/MIT para visitar este mítico centro de investigación.

La primera vez en mi vida que oí hablar del MIT debía de tener yo unos 24 años y trabajaba en Kodak. Había en mi departamento un sujeto, un supervisor de medio pelo, AMG, que, a mayor gloria de sí mismo, se pasaba el día presumiendo de cosas inanes: que si yo fui cámara de televisión y me dejaron desnudo en Senegal después de atracarme, y me tuvo que repatriar la embajada; que si yo grabé el mensaje del rey el 23-F en Estoril; que si yo fui concejal del ayuntamiento de mi pueblo… Este hombre me habló del MIT, porque decía –quelle boutade! ¿de dónde se sacaría tal cosa?- ;-p que yo no sabía sintetizar, que me enrollaba mucho escribiendo, y me habló de un invento ¿? del MIT, la técnica del KISS, iniciales de Keep It Simple, Stupid (Ponlo sencillo, subnormal).

Otras veces me habló más del MIT, y para cosas más interesantes; por ejemplo para enseñarme un procedimiento de toma de decisiones que me ha resultado utilísimo toda mi vida, y que les he enseñado incluso a mis alumnos mayores (a partir de 16 años) en tutoría, a pesar de ser una herramienta de gestión propia de directivos: el método SWOT (iniciales de Strengths, Weaknesses, Opportunities y Threats), o como es conocido también en español, la matriz DAFO (Debilidades, Amenazas, Fortalezas y Oportunidades). Bueno, otro día lo explico con más calma, que ahora te debo un KISS ;-) El caso es que parece que dicha herramienta fue desarrollada en el MIT, que no sé qué tiene que ver en esto, pero si lo decía el listorro de AMG, así será.


Como decía, hoy visitamos el MIT. Lo primero que hay que decir es que, tanto el MIT como la Universidad de Harvard están en un condado que no es propiamente Boston, sino Cambridge (el nombre no es lo único que cogen del pueblo de la famosa universidad inglesa, eso desde luego), pero tan pegado a Boston como pueda estar L’Hospitalet a Barcelona. La estación de metro, como dije, es Kendall/MIT, pero eso NO significa que esté al lado, nooooo. Prepárate para andar 40’ mínimo hasta la entrada principal, donde a las 11 hay, cada día, tours guiados gratuitos, que los hacen estudiantes en los últimos cursos. Vamos, que vayas con tiempo. El caso es que luego, mirando un mapa del lugar, te das cuenta de que el MIT ocupa casi todo el condado de Cambridge (menos lo que ocupa la Universidad de Harvard, o los servicios asociados a uno de los dos centros). Esto es una verdadera y auténtica CIUDAD universitaria, con el tamaño de una ciudad.


Por la tarde nos vamos en el metro a Harvard; está situada en la estación del mismo nombre, dos paradas más allá del MIT. El complejo universitario de Harvard es muy distinto al del MIT: nada de edificios modernos y despampanantes, sino que todo es antiguo, con solera, muy British: los colleges son todos edificios de ladrillo rojo con entradas victorianas y esas cosas. La visita guiada es un poco rollo, la verdad: la lleva a cabo una chica ya graduada, negra, encantada de haberse conocido, de ser chica, negra y graduada por Harvard, y nos lo repite un buen número de veces; también, que la actual rectora es una mujer, no sabemos si negra, muy joven, y casualmente fue compañera de estudios suya. Oh. Qué jóvenes, guapos/guapas y bien preparados/preparadas todos y todas, estoy impresionada.

Nos enseña por fuera los pabellones, y el jardín donde tienen lugar las graduaciones; asimismo, vemos por dentro una capilla con cenotafios dedicados a los estudiantes de Harvard muertos en combate en alguna guerra antigua. La capilla es un calco exacto de la del Trinity College, en el verdadero Cambridge de Inglaterra, pero lo que allí es gótico, aquí es neogótico, claro. Y eso que esta es probablemente la universidad más antigua de América, pues data de principios del siglo XVII.

Mucho calor, mucho cansancio y poco interés. Sólo vemos una tienda de recuerdos poquísimo surtida, y no vemos ni las librerías, ni las bibliotecas, ni nada de nada. Mal. Mucho peor que la visita del MIT. Volvemos al hotel reventados.

domingo, 3 de julio de 2011

Incendies

Atención: esta crítica de cine contiene spoilers; no te conviene leerla antes de ver la película, si es que piensas verla.

Tremenda película. Muy bien hecha, una obra muy inteligente y bien planificada. Y muy rarita, como corresponde al cine canadiense (perdón: québecois). Cuando vas a ver una peli canadiense, sea "Las invasiones bárbaras", esta o cualquiera otra, nunca sabes si será un truño o será genial, pero sí sabes que no será habitual ni trillada.

Considero que "Incendies" es una tragedia griega perfecta, donde todas las piezas encajan como en un tangram chino: del amor nace el horror; del horror nace el amor: eros y tánatos se dan la mano en un ciclo perfecto, en un círculo cuya extensión no puede hallar la hija, a pesar de ser matemática. Tiene todos los ingredientes de tragedia griega, incluido el fundamental: la anagnórisis o reconocimiento fatal del parentesco cuando ya es tarde (más a la manera de Edipo rey que de Ifigenia).

Resulta casi insoportable la escena del autobús a punto de arder y de la mujer tratando de salvar a la niña de la otra mujer haciéndola pasar por su hija, pero el resto es una cuesta abajo tranquila y en extremo coherente hasta el único fin posible.

Me he pasado todo el rato tratando de adivinar de qué país hablan, y me imagino que es Líbano, que es, junto con Siria, el único país árabe con una importante minoría cristiana maronita (bueno, en Egipto están los coptos, pero es distinto). Eso sí: está rodada en Jordania, que parece un sitio más tranquilo para un sarao así.

También es curiosa la referencia a Euler, matemático del siglo XVIII que discutió a Diderot y trató de demostrar científicamente la existencia de Dios.

La historia del torturador que vive en la vecindad del torturado, incluso muy lejos de donde ocurrieron los hechos, me trae a la cabeza la vida del preboste de la CEDA, Ramón Ruiz Alonso, quien hizo el informe negativo sobre Lorca, quien lo detuvo en casa de los Rosales y el responsable principal si no de su asesinato, sí de su detención, que viene a ser lo mismo: se exilió en los Estados Unidos al poco de morir Franco, con su hijo varón, exactamente el mismo país donde se había exiliado al completo la familia García Lorca un mes después del asesinato.

Las tres hijas de Ruiz Alonso se quedaron en España, se cambiaron el apellido, se volvieron trotskistas y nunca quisieron saber nada de su padre; las tres fueron famosas, cada una a su manera: Emma Penella y Terele Pávez como actrices, y Elisa Montes como presentadora de televisión.

Abundando en el asunto de torturadores vecinos de sus víctimas, hay, por supuesto, casos de etarras que tienen una cristalería en los bajos del edificio donde vive la viuda de una de sus víctimas; casos de fascistas que viven en el mismo pueblo que los hijos de quienes mandó fusilar, etc., los hay a montones. Inquietante.

Stendhal y yo

Adoro la Literatura y Stendhal es mi autor favorito. Eso debiera bastar.

He leído la mayor parte de su obra y no hay personajes como los suyos: ya no queda ningún Julien Sorel, ya no hay Duquesas Sanseverinas ni Condes Mosca della Rovere. Nunca he conocido una Madame de Rênal, una Clelia Conti, una Mathilde de la Mole, una Lamiel, una Beatrice Cenci, una Abadesa de Castro, una Vanina Vanini. Probablemente nunca las hubo. Salieron de su cabeza con el único propósito de entrar en mi corazón. Y aquí se quedaron para siempre.

Los viajes de tu vida

Los viajes de tu vida pueden ser muchos. Yo estoy a punto de emprender uno de ellos: Estados Unidos y Canadá. Antes ya hice otros viajes importantes, como uno a Brasil y Argentina, el viaje del matrimonio o el de cambiar de profesión y de vida a los 40 años.

Pero en realidad yo he abierto este blog para hablaros de este viaje: Pasado mañana tomaré un avión a Boston y luego de ver esa ciudad, que promete ser pija cien por cien, volaré a Buffalo y de ahí me pasaré al lado canadiense de las Cataratas de Niágara, para luego seguir viaje a Toronto, Ottawa, Montréal, Québec city y parte del delta del río San Lorenzo: Chicoutimi, Tadoussac, Lac Saint Jean...

La vuelta la haremos en coche de alquiler, bajando desde Lac Saint Jean a Québec city, Trois Rivières y, ya cruzando la frontera de Estados Unidos, atravesar los estados de Vermont, Maine y New Hampshire (Nueva Inglaterra), para terminar en Boston, después de pasar por Salem (donde las brujas). Luego, vuelta para casa.

En realidad pretendo contar cómo me va, con toda sinceridad, por si puede ayudar a alguien que quiera hacer un viaje parecido. He pasado un año y medio planificando esto, el último mes con verdadera dedicación, y la verdad es que es complicadillo organizarlo todo para viajar por tu cuenta; en este viaje tomaremos vuelos intercontinentales y domésticos; cogeremos trenes, autobuses, helicópteros, funiculares, coches de alquiler, metro, varios tipos de barcos... En fin, esperemos que todo salga bien.